sábado, 19 de marzo de 2016

Pelo mandarinas para ti


Bienvenido Alvaro Villa a esta página y mucha suerte en tu andadura por dar a conocer los enormes valores que atesoras en tu interior.
 Las crónicas de ava

martes, 1 de marzo de 2016

Los que no pasaron el corte (2)



Otro relato que no pasó el corte por un pelín fue CAFETERÍA ESTEPONA, pero nunca es tarde para que figura en esta página dedicado a sus hermanos mayores. Así que para todos ustedes, Cafetería Estepona. Ah, y que les aproveche.


Tiene las mesas de plástico, de esas patrocinadas por la Coca –Cola, que al llegar las nueve de la noche se apilan unas encima de otras y se les ata con una gran cadena a la reja de una de las ventanas de la cafetería. Sillas de plástico de un tono azulado patrocinadas por Kas y que una vez apiladas son retiradas al interior del recinto, porque estas son ya más apetitosas que las mesas, y alguien podría pensar en sacarle más rendimiento lejos de allí. Es invierno, pero da igual, en el Sur a la temperatura se le combate desde todos los frentes, con tal de respirar aire de la calle y los clientes prefieren pasar algo de frío en la amplia acera exterior, que permanecer en el interior donde las palabras rebotan en las paredes y columnas, se mezclan unas con otras y al final se produce un galimatías, que muchas veces no sabe uno si está en la conversación que está o en la de la mesa de al lado.
Además este invierno el café tiene la novedad, de unas estufas de butano con un sombrero a modo de paraguas, que te dejan la cocorota como si llevases un gorro de lana. En la mesa más cercana al aparcamiento de coches, y próximo a un aligustre que aún conserva el vástago que le ayudó a crecer, se sienta un hombre mayor enfundado en su abrigo y con un cigarro entre sus dedos. Un café con leche humea en la mesa junto a un servilletero de plástico patrocinado por la Pepsi. En las servilletas en uno de sus ángulos puede leerse “Café Estepona, gracias por su visita”. Más allá tres marroquíes parlamentan en torno a un refresco y unas cuantas pastas de coco; a veces da la sensación de que están peleándose por lo altisonante de sus voces, pero fijándose en sus rostros enseguida se ve que uno de ellos sonríe, con lo cual debe ser la forma de hablar.
En otra mesa dos ciudadanos bielorrusos se muestran papeles uno a otro, y parecen estar rellenando una solicitud o algo por el estilo. Los mofletes destacan enrojecidos sobre su clara piel de muñecas de escaparate. Visten bien y los modales parecen finos. A su lado una reunión más amplia que ocupan dos mesas repletas de vasos y tazas, ríen a carcajadas ante las ocurrencias de una señora entradita en carnes, que no sabe cuanto tiene que abrir la boca para que le entre de una vez una suculenta mojama. El caballero que tiene frente a ella y que se presume su marido, zapatea con sus botas de media caña, dándole más énfasis si cabe a sus ganas de partirse de risa; tiene poco pelo pero una graciosa trenza rubia le cuelga desde la nuca sobre su chupa de cuero. Unos cuantos chiquillos corretean alrededor del grupo irritando sobremanera al caniche, que permanece atado a una de las sillas y que ladra como un condenado cada vez que pasan cerca de él. Dos jóvenes retan las leyes físicas, a lomos de una moto de pequeña cilindrada, con la que procuran hacer el mayor ruido posible, pasando una y otra vez por la proximidad de las mesas. Otras señoras muy metidas dentro de sus abrigos y bufandas, saborean el café mientras se tocan con las manos aquella parte de su anatomía donde tienen ese dolor clavado desde hace un mes por lo menos, y la cita del especialista sin llegar, puede que sea cosa del correo, -apostilla una de ellas-, pero las demás niegan con un gesto. La otra dice que ya se ha acostumbrado, y que lo peor es arrancar por las mañanas en frío, pero luego una vez que baja para buscar el pan, parece que se va calmando y hasta el otro día.
Cuatro sudafricanos entretienen su tiempo en torno a unas bebidas de vasos largos y móviles de última generación. Cuando abren la boca se perfilan los dientes nacarados y la sonrosada lengua; llevan ropa elegante y zapatos de puntera fina, uno de ellos cubre su cabeza con una gorra de cuero negro. Hablan con sonidos graves, rápidos y en un idioma que ninguno de los convecinos de café logra entender. Lo que parece una madre y un hijo hacen acto de presencia por entre las mesas, suplicando unas monedas para dar de comer a algún familiar y seguramente a ellos mismos. Ella es la que chapurrea algunas palabras sueltas en español, mientras que el mozo –algo desaliñado– teclea un instrumento musical del que salen unas notas enlatadas que suena a popular. No obtienen demasiado éxito, pero a ellos les gusta pasar por este Café, porque aquí no hay camareros que le recriminen su actitud, invitándoles a que dejen a la clientela en paz. Han llegado de centroeuropa, pero aún no consiguieron encontrar un trabajo regular que les permita abandonar la tarea de mendigar.
La gente en el Café Estepona entra y sale con los vasos en la mano, y tan sólo de vez en cuando una muchacha de origen indio viene con la prisa reflejada en su rostro recogiendo las mesas, depositando todo el menaje en un barreño de plástico, y pasando a velocidad de rayo una bayeta amarilla por la mesa de turno. Aunque el cielo amenaza lluvia, la clientela permanece en su sitio cada cual enfrascado en la conversación que corresponda; si finalmente apareciera el agua, ya habrá tiempo de levantar el campo y dejar la charla para mañana, que tampoco es cosa de solucionar todos  los problemas en una tarde, y además si lo hablan todo hoy ¿qué van a dejar para mañana? En una de las puertas de acceso a la cafetería existe un caballito mecánico que de vez en cuando relincha, al tiempo que se encienden unas luces de colores en la base donde se apoya su tronco, acompañando de fondo el sonido de un galope vigoroso, que deja con la boca abierta a un crío vestido de blanco y verde, mientras su madre mece el carrito donde duerme su hermano menor. No se pierde detalles de los movimientos del brioso corcel de mirada azucarada, y junto a él una niña de color, con la cabeza llena de tirabuzones hábilmente sujetos por cintas de arco iris, parece que se le van a salir los ojos de las órbitas. Dos metros más allá una mujer de piel oscura, vestido de tubo y tocado en la cabeza a base de una especie de turbante colorista, la vigila sin parar de hablar en agudo, con otra mujer de su misma raza, que lleva en la mano una bolsa del Lydl.
Un grupito de peruanos espera en la puerta de la cafetería, la llegada de dos mujeres cargadas  con grandes bolsas, de esas que luego abren magistralmente en cualquier esquina y ofrecen sus jerséis, gorros, bufandas y ponchos de llamativo colorido. Lo que más llama la atención de ellos es su estatura, son bajitos de tez tan morena como si se hubiesen pasado toda la vida a pleno sol. Se les nota moverse como con miedo y sus voces apenas son perceptibles, salvo que uno se encuentre muy cerca de ellos, la Cafetería Estepona de hace unos años no se parece en nada a ésta de hoy en día; antaño se hablaba español, con acento andaluz, por cada una de las mesas y de vez en cuando aparecía una gitana con el niño en la faldiquera ofreciéndote una ramita de romero, que verá usté la suerte que le va a dá –le dice Joaquín a su amigo José María, saboreando un delicioso farias-, ya lo desía yo hase trej verano: daquí unoj año Ejpaña ej Africa –responde José María acomodado gracilmente en una copa de coñac-. Como el agua no acaba de llegar, el bullicio va en aumento en torno a las mesas y en el interior, tras de la barra sudan como cosacos los tres camareros que son sutilmente controlados por la dueña del negocio, sentada junto a la caja y con unas lentes bifocales colocadas a media nariz.
El caniche termina por zafarse de su atadura, y en su veloz carrera tras de los chiquillos asusta a la niña de color, que sin saber que hacer se precipita al filo de la calzada, en  el preciso momento en que los jóvenes motoristas ejecutan una de sus cabriolas. El alboroto, los gritos y la confusión convierten a ese punto de la calle en un hormiguero. Al poco uno de los marroquíes corre calle arriba con el cuerpo de la niña cruzada en sus brazos, mientras las cintas de arco iris son pisoteadas por la multitud.

viernes, 12 de febrero de 2016

Los que no pasaron el corte (1)


Cuentas de Navidad fue uno de los relatos que no tuvieron el santo de cara a la hora de ser elegidos para formar parte del libro Una parada obligatoria, pero es de justicia recordar que formaba parte del mismo grupo de los trece afortunados, que si pasaron el corte. Fue un cajonazo -como dirían por Cádiz-, y es por ello que traigo a colacción el relato completo, que le va a permitir asomarse a esta ventana, que dicho sea de paso admite todo lo relacionado con el mundo de la narración corta.  Ah, y que les aproveche.


Sevilla, a veintiuno de diciembre de dos mil cinco; o sea, un día antes de que se juegue la lotería. La lotería, esa cosa prima hermana de la casualidad, porque no me negaran ustedes que tiene mucho de casual, que salgan las cinco bolitas justas que tienen que salir, y además en el mismo orden que el de ese ridículo papel de setenta y siete centímetros cuadrados, con esa ridícula conmemoración del día del inmigrante. Y a mi que leche me importa el inmigrante, para tener que recordármelo hasta en esa mijita de papel coloreado, y además seguro que será hasta ilegal, el inmigrante, claro, el papel espero que sea legal, después del trabajo que me ha costado agacharme para recogerlo del suelo, que hasta me he tenido que hincar de rodillas, porque el maldito se había metido en la rendija del desagüe, dispuesto a hacerme la puñeta. Yo en cuanto lo vi volar de la cartera de aquel barbudo, no le perdí ojo en ningún momento, para eso estaba yo allí puesto estratégicamente en la farola, al lado de la frutería, diez pasos más allá de la oficina del bonoloto.
Es que no falla, con las prisas, los nervios, las supersticiones y la hora en el culo para llegar a no sé que sitio. ¿Porqué andará siempre la gente correteando como las hormigas de un lado para otro? Pues eso, lo vi como revoloteaba como si fuera una mariposa por el mes de mayo; suave y lentamente fue llegando hasta los almendrados adoquines de la acera, para caer boca abajo – supongo que para llamar menos la atención –, y milagrosamente sin llegar a tocar ninguno de los excrementos caninos, que en distintos grados de dureza se encontraban en el acerado. Yo como profesional que soy en estos menesteres, seguía junto a mi farola pendiente, eso si, de los ojos de todo ser humano que se encontraba próximo a la escena. Nada, cada cual estaba en lo que estaba y afortunadamente, nadie se había fijado en el vuelo sincronizado de aquel trozo de papel de cinco dígitos, que en breves momentos iba a pasar a mi poder, que para eso uno es lo suficientemente profesional. De su dueño anterior ya ni me acuerdo de la cara, lo único que le deseo – que uno también tiene su corazoncito – es que no se hubiese fijado en el número del décimo, por lo demás cabreo más o menos. Al fin y al cabo, que perdía ¿veinte euros? Vaya usted a saber.
Lo más seguro es que fuese compartido con la peña, con lo cual a la hora de hacer las cuentas ( seguro que ni sabían que número jugaban ), iban a tocar a una minucia, y a mi si las bolitas se portan como se tienen que portar me va a sacar de esta miserable vida de andar de farola en farola, que no sé ya en que administración ponerme, para que nadie desconfíe. Eso si, a la ADMINISTRACIÓN con mayúsculas, le debo que pueda seguir tirando, no por la mierda de pensión que me pasa, que me da para la barra de pan y poco más, que ya se ha tenido uno que quitar hasta de los vicios; ya no fumo, me voy a los bares para fumadores, y dejo que se me llene la chaqueta de humo, o a la puerta de los trabajos donde hay mucha gente, un paseito y trago más que cuando estaba enviciado de verdad. Pero a lo que iba, el Estado con sacar tanta cantidad de juegos legales, me ha echado una manilla, mire usted, porque todos los días del año se juega algo, ya no es el caso del día de mañana, que antes era todo un acontecimiento nacional, o cuando acertaba una quiniela de fútbol la señora de ese pueblo dejado de la mano de Dios, perdido por entre los montes, y que como no tenía ni idea de eso del balompié, le ponía un uno al que le tenía que poner un dos, y una equis al que le tenía que poner un uno.
Ahora no, ahora hay quinielas que te las hace la maquinita, y tu lo único que tienes que hacer es soltar los euros. Así que en ese sentido resulta más fácil mi trabajo, se ve más movimiento de gente, se hacen más colas en la puerta  de los establecimientos autorizados y más follón de bolsos, carteras, bolsillos, monederos y refajos. Ahí es donde está la clave de mi éxito. Eso si, la espalda la tengo echa cisco, me identifico con la letra de aquella zarzuela que más o menos venía a decir:”que trabajo nos mando el señor, agacharse y volverse a agachar”. Ahora bien, si el incauto benefactor se diera cuenta, de que se le ha caído el billete, antes de que le llegue el riego suficiente al cerebro, ya le he pegado el cambiazo, y le he recogido del suelo el billete que pasa a mi bolsillo, y al suyo otro de similares características, pero que ya pasó por la vergüenza de no haberse acercado ni de coña a la pedrea, ¿quién se va a fijar en ese momento si uno es profesional o no?. La próxima vez que yo vuelva por ese local, habrá llovido ya lo suficiente, como para que nadie se acuerde de mi jeta. Así llevo ya no se cuanto tiempo, y no es que de para irme todos los veranos a Marbella, pero bueno; da para vivir, porque claro, como dice el cuponero de la esquina, esto de vez en cuando toca, y uno tampoco tiene tantos gastos ¡que leche!
Claro que hoy es un día distinto, esto no me había pasado antes y aquí seguro que hay tomate, si es que nadie se ha dado cuenta de que al lelo ese se le ha caído del décimo, no he tenido que actuar a todo trapo, para que nadie se me adelantase, tan sólo la molestia de sacarlo del desagüe, pero bueno, por lo menos no he tenido que convencer a nadie de nada, ni dar cambiazo, ni disimular, aquí seguro que hay un pelotazo de no te menees, porque hay demasiados presagios favorables a mi suerte y todos no iban a estar equivocados ¿no?, con que haya uno que acierte, ya está, me lo llevé, y entonces seguro que me echará cuenta la morena esa de pelo rizado que me trae loco, pero como en el barrio todo se sabe, seguro que más de una – y de uno – le habrá largado que soy un desgraciado, que estoy solo, que no tengo donde caerme vivo y que como de la misericordia. ¡Y un jamón con chorreras! Menuda paciencia le tengo yo que echar a la cosa, horas y horas de un lado para otro propiciando todo tipo de encontronazos, a ver si hay suerte y el numerito recién adquirido no da tiempo de guardarlo y cae al suelo.
Tiene unos ojos que parecen dos lagos con la luna reflejada. ¡Y con que garbo despacha los pimientos! Yo sé que es madre de un niño, porque uno también tiene oídos, pero también sé que anda sin marido, porque uno tiene pesqui, ahora bien, el hermano – el camionero – está cuadrado, así que tengo que andar con más tiento que apañando décimos, pero el dinero puede con todo, y si en lugar de tener yo esta pinta de no haber roto un plato, me engomino el pelo y tiro de las alhajas, la morena me despacha a mi el primero, por mucha cola que haya en la frutería, que uno ya tiene mucho mundo visto y peina canas entre otras cosas. El número no quiero verlo hasta mañana, que los niños de San Ildefonso se estén tomando el bocata, yo no miro el número, ni éste que seguro que guarda alguna relación con el gordo, ni ninguno otro de los que llevo birlados, que eso trae mala suerte, aunque bien pensado lo de la mala suerte es una enorme tontería, porque a ver: dicen que la lotería regalada no toca, ¡anda que no! ¿y todas las veces que he trincado algo – nunca demasiado, eso si – sin haber pasado por taquilla ni una sola vez?. Este billete ha hecho demasiados malabarismos para caer en mis manos, y ese tres, ese dos, ese cuatro, ese ocho y ese seis – por poner un ejemplo – están tan bien puestos, que parece mentira que pueda salir otro número. Mañana seré yo quien rompa la botella de champán en la puerta de la administración de lotería ¡seguro!
Eso si, iré cuando haya pasado la bulla, no vaya a ser que por mo del demonio, al barbudo le dé por relacionar las cosas, y vaya con el cuento a al policía, ésta analice el video de la televisión, el de la caja de seguridad del banco de la esquina, y el del vecino que en ese momento ¡también es mala leche! grababa el paso de la hibernación de las ánades camino de Doñana, pero que le ocurrió tomar una muestra aleatoria, de lo que estaba pasando en la calle, en ese momento tan crucial para los pájaros. La policía - que para eso le pagan -, encaje el asunto y se queda la morena con los pimientos, y mi casera sin el sustento mensual que le proporciona este desgraciado, porque a mi, que me den por el culo, que para eso soy el malo de esta historia, ¡no te jode! Yo no he querido echar cuentas, pero la décima parte de un billete de doscientos euros y además multiplicado por ciento sesenta y seis coma seis pesetas, esas son muchas pesetas sean antiguas o no. Antes si que me salía a mi bien las cuentas, pero desde que regularon mi empresa, y me regalaron aquella jubilación anticipada, se me ha ido olvidando hasta la fecha de mi nacimiento, luego vino la felicitación de los amigos de lo bien que iba a vivir, lo mucho que iba a viajar, y lo de tiempo que iba a tener para dedicarme a mis cosas, además todavía eres joven para encontrar otro empleo, a mi que tan bien se me daban los números fueran contables o no, si hasta era gracioso.
Pues aquí me tienen, con unos cuernos que tengo señalado hasta el rellano de la escalera cuando doy la vuelta, los amigos tardaron bastante en darme el esquinazo; en cuanto fue pasando el tiempo y el trabajo no aparecía ni por el mundo Díos; ni en la peña ni en el bar de la panda, ni el club de la quiniela, cuando a uno le van las cosas mal, todo parece torcerse al mismo tiempo, me cansé de llamar a las puertas y me dejé las uñas de los dedos en el teclado del teléfono. Se ve que apestaba, aunque soy de los que se duchan, no a diario porque hay que mirar por el agua, pero si que voy a las  tiendas que antes eran de veinte duros a buscar gel de baño y desodorante, que uno es pobre pero honrado con la higiene. Tengo dos hijos, o al menos fui padre de ellos, según decía mi mujer, pero cuando les llegó la hora de coger puerta, de su puñetero padre nunca más se acordaron, con la cantidad de pañales que les tuve que cambiar, y la de cuentos que les interpretaba para que cogieran el sueño, pero uno se fue a la mili, se reenganchó en el ejercito, se hizo profesional del caqui, anduvo por esos mundos de Díos, y se ve que se le olvidó escribir porque hasta hoy, vísperas del sorteo. El otro se casó con una india, se puso una túnica de esas naranjas, y se le cerraron los ojos porque de vez en cuando me cruzaba con él, y parecía un iluminado, por más que lo saludaba y trataba de hacerle ver quien era yo, él a lo suyo: hermano para arriba y hermano para abajo, y venga a darme la tabarra con no se que cosas del espíritu.
Total que entre uno y otro como para pedirles una ayudita para llegar a fin de mes. Así que yo a lo mío, a la puerta de las administraciones de loterías a buscarme la vida, y los domingos para descansar y desfogarme del estrés del trabajo, al fútbol. Le tengo ya cogido el puntito, a eso de dar vueltas alrededor del estadio, que el día que veo una puerta abierta y el guardia distraído ni entro, además como no tengo colores definidos, un domingo me voy a Heliopolis y otro a Nervión, me siento un ratito, oigo el murmullo de la gente, me imagino los jugadores corriendo, las pañoladas, las broncas al arbitro, y sin necesidad de transistor sé como va la tarde casi oliendo el aire. No es mala vida, la verdad, un poco aburrida a veces, porque falta la compañía en momentos que se necesita, pero a todo se acostumbra uno, es cuestión de darle la vuelta y quedarse con lo bueno, con lo gratificante, no darle demasiada importancia a los sinsabores, y darle mucha importancia a esos momentos placenteros que cada día tenemos.
Cualquier día – como me va a pasar a mi mañana -, todo puede cambiar, y donde antes no había más que miseria, puedes encontrarte con lo mejor del mundo. Lo curioso de todas estas cosas que razono, es que hasta me las creo, ya no sé ni como tengo fuerzas para elucubrar tanto, después de los añitos que llevo, que tengo más pasao que El Pernales. Pero en fin va a ser cosa de ir terminando esta carta, que quiero dejar en el buzón del notario, por si le da el punto y quiere tenerla en cuenta a la hora de explicarle al mundo, cómo es posible que yo, el vecino del tercero, el dejado de la mano de Díos, ha pasado de la noche a la mañana, a tener tanto dinero sin cometer ningún delito legalmente reconocido, porque me ha tocado la lotería, así por las buenas va a ser difícil de creer, sin conocer el celo profesional que pongo en mi trabajo, lo más fácil es que terminara en chirona o en un manicomio, y el dinero repartido entre las hermanitas de la caridad, o alguna onegé punto org, que tanto proliferan hoy día.
Sevilla a veintidós de diciembre de dos mil cinco: no es que siga escribiendo desde ayer, no se trata de eso, es que ahora la carta se la voy a mandar a los Reyes Magos a ver si son capaces de explicarme ellos a mi – que para eso son magos -, como es posible que llegue a mis manos el veinte mil ochenta y cinco pero del año pasado.

miércoles, 27 de enero de 2016

La carta



                            Así comienza el quinto relato del libro Una parada obligatoria

Llegó el siete de marzo y, como siempre le ocurría con la correspondencia oficial, le metió el miedo en el cuerpo hasta que llegó al punto y final. Aquella carta que el funcionario depositó en el buzón decía literalmente: «A través del presente escrito cúmpleme informarle que se ha interesado telefónicamente por Vd. Dª Tere Navarro Sánchez, de Pego (Alicante) cuyo teléfono es el 388439.
Lo que le comunico a los efectos de que si lo estima oportuno nos dé autorización para notificar su domicilio a la interesada».
Firmaba el Jefe del Negociado de Estadística del Ayuntamiento de Sevilla.
A Juan ni le decía nada el nombre de la tal Tere, ni había estado en su vida en Pego, ni aquel número de teléfono le era familiar. Le tranquilizó mucho saber que no se trataba de una multa, embargo, impago de impuestos o cualquier otra trampa desconocida que le reclamase el Ayuntamiento.
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martes, 12 de enero de 2016

Decálogo del perfecto cuentista / Y dos



En el punto sexto, dice Horacio Quiroga que si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “desde el río soplaba un viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Y ahí me duele, porque ya quisiéramos todos los que andamos en esto de la escritura dar con las palabras precisas. Esa es la lucha, esa es la batalla constante para dominar el lenguaje, para abolir el diccionario de sinónimos.
En el punto séptimo, habla de los adjetivos: No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Más de lo mismo, dominio del lenguaje para hallar la palabra adecuada, el sustantivo insustituible. Eso significa trabajo, leer y releer lo escrito y pedir ayuda a quien tengamos a mano para que podamos cotejar y no caer en errores irreparables. Leer en voz alta también da buenos resultados, ya lo creo.
En el octavo pretende Quiroga que no nos salgamos de la línea trazada cuando diseñemos el cuento. Ya comenté que no tengo de arranque más que la idea, luego va surgiendo todo lo demás, aunque si comparto con él que no conviene irse por las ramas, porque como él mismo dice “un cuento es una novela depurada de ripios”.
Punto noveno: No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
Dice Quiroga en el noveno punto de su decálogo: No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. O sea, los pies calientes y la cabeza fría. Como lo que me gusta es la constancia, las emociones son pasajeras en mi caso. Cuando el intelecto está en plena ebullición, los momentos inolvidables afloran y hacen posible una buena escritura.
Y por último —y esta vez si que es de verdad—, la maestría del uruguayo nos hace ver lo importante que es apartar los egos y nos centremos en los personajes que nos traemos entre manos. A ellos es a quien hay que darles importancia. Hay que retratarlos, hay que darles vida y caminar con sus mismos pasos.
Epílogo: Ahora hay que aplicarse al cuento. Los resultados, si es que han de llegar, ya llegarán.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Decálogo del perfecto cuentista


Dice Horacio Quiroga en el Decálogo del perfecto cuentista que hay que creer en algún maestro. Menciona a Poe, Maupassant, Kipling y Chejov. Me descubro ante todos ellos y añado a él mismo y a mi admirado Ignacio Aldecoa. Dice en ese punto que hay que creer en ellos como en Dios mismo. Me quedo con los escritores, a los que no dejo de acudir una y otra vez, como queriendo desentrañar el misterio de su arte.
En el punto dos emplea una máxima que suscribo a pies juntillas: “Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás si saberlo tú mismo.” Lo cual quiere decir que lo importante es trabajar, no decaer y sobre todo disfrutar con lo que se está haciendo, tener los pies en la tierra y saber el papel que a uno le toca representar dentro del mundillo de la escritura.
En el punto tres nos recomienda Quiroga que resistamos a la imitación, pero si el influjo es demasiado fuerte que nos dejemos llevar. Aquí lo tengo muy claro: ignoro si tengo estilo o no, a la hora de escribir, eso que lo digan otros, pero lo que si es cierto es que hago las cosas a mi manera. Sin duda habrá influjos, aunque vendrán derivados de mi propia formación; para eso lee uno, para eso escudriña en el hacer de otros escritores, para eso escucha a otros compañeros embarcados en el mismo puerto, para eso debate y para eso se madura a base de dejarse las pestañas delante del folio en blanco. O sea, trabajo y más trabajo y en medio de todo eso, placer en su dedicación.
En el cuarto punto, el decálogo se vuelve romántico y entre otras cosas nos dice que amemos a nuestro propio arte como a nuestra propia novia, dándole todo el corazón. Bien pensado es posible que nuestra pareja pueda invertir los términos, así que dejémoslo como está. Más me gusta la primera parte de este mismo punto que hace alusión a la fe en el ardor con el que se desea el triunfo, por encima de la capacidad para conseguirlo.
Y por último —por quedarnos en la mitad, justo equilibrio—, en el punto quinto, dice: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Aquí si que me rindo, puesto que mi tendencia es comenzar el cuento sin saber cómo va a terminar. Me basta una idea, una escena, un fogonazo para dejar que la pluma fluya y encuentre un final adecuado. Eso si, tanto la primera como la última palabra pueden sufrir modificaciones infinitas.
Por cierto, cuidado con las uvas, saboréenlas y FELIZ AÑO.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Felices Fiestas

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