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lunes, 4 de febrero de 2019

El semáforo por compañero



Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se le dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido.
Un artista del hambre.-Franz Kafka

Esta cita, del inigualable autor checo, da pie para que en el relato Con otro color, su protagonista, Michel, se debata cada día con la necesidad de lidiar con unos y con otros por una necesidad perentoria como es el pan nuestro de cada día. El artista del hambre llega a una situación extrema con tal de llamar la atención del público. Michel esboza una sonrisa y con su oferta en la mano nos está haciendo ver a todos como son las cosas cuando no ruedan dentro de las normas establecidas. Es un actor que lo tenemos pegado al semáforo interpretando el dificil arte de sobrevivir en un mundo que gira demasiado aprisa y que casi nos impide ver los árboles dentro del bosque. El verde de ese poste en que se defiende como puede este personaje, viene bien a todo el mundo e incluso sonreimos cuando comprobamos que tenemos vía libre; el naranja nos hace sudar, nos lleva a una situación de incertidumbre, de no saber lo que hacer y el rojo... Ahí es donde se encuentra Michel. Tendrá que llegar el momento de extender nuestra mano, no nos queda otra si queremos seguir disfrutando de un mundo sostenible.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Con otro color


  Así comienza este relato que se puede encontrar entre las páginas del libro Una parada obligatoria

Tiene unos labios que destacan sobremanera dentro de su cara de niño. Pero Michel mide uno ochenta y es padre de dos criaturas, que no ve desde hace diez meses. En lo alto de la bicicleta parece el pato Donald africano, con esas dos enormes bolsas del cortinglés que le hacen tambalear el manillar y de las que sobresalen los montoncitos de papel soplanapias que ha encontrado de oferta en la tienda de todo a sesenta céntimos. Se pasa el día pegado al semáforo de la rotonda, esperando que paren los coches para pedir a los automovilistas que le compren su oferta. Las tres palabras que le enseñaron a decir en español son infalibles para que la mayoría de la gente le diga que no, pero él insiste y pone cara de alegría y no cesa de chapurrear buena suerte, como punto final a cada una de sus plegarias. Lo mismo le da que le miren con cara de asco, con desprecio, con sonrisas, o que no lo miren. Es hermoso desear buena suerte a todo el mundo, colaboren o no a ganarse ese sustento que, cada semana, envía puntualmente a su familia, allá en ese punto del mapa ligeramente escorado hacia el sur, una vez salvado el cabo Trafalgar. Se pasa tanto tiempo pegado al semáforo, que está deseando llegar al piso, que comparte con otros colegas venidos antes que él, para echarse a dormir como un lirón. Uno de esos amigos es el que le trajo a España, el que le animó a dar el gran salto y él mismo lo instruye sobre todo lo que debe hacer o decir en esta tierra, en la que espera poder sacar lo suficiente para paliar la pobreza de su familia. Por eso Michel no se mueve de su puesto junto a la rotonda, y apenas conoce otro camino que el que le conduce al piso donde habita y a la zona comercial donde encuentra la oferta del día.
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