miércoles, 5 de abril de 2017

Los que no pasaron el corte (14)





Había escrito en un folio en blanco, ilustrado por su parte trasera con un dibujo infantil de una casa:

Siempre encuentro en mi memoria

Luego sacó un caramelo con sabor a menta y envoltura de la Caja San Fernando, y se lo introdujo en la boca, dispuesto a que le durase cuanto más tiempo mejor, pero una mosca que estaba empeñada en hacerle compañía, distrajo su mente al verla evolucionar sobre el mantel de la mesa: se frotaba las patitas con tanto gusto, que le daban ganas de tocarse con una varita mágica, y hacerse del tamaño del insecto para imitar sus movimientos, pero de inmediato se acordó de la película... La mosca... y le entraron unas nauseas tremendas, cogió el periódico y lanzó un tremendo golpe disuasorio, porque de sobra sabía lo difícil que era cazar una mosca, por muy ensimismada que estuviese frotándose sus sextos delanteros. Trató de concentrarse en lo que había escrito dedicándose a contar métricamente el verso, pero de nuevo apareció la mosca posándose en su mano izquierda. “¿Será la misma? – pensó -. ¿Porqué no se dedicarán los naturalistas a marcar moscas?. Así sería más fácil salir de dudas. ¿Pero que digo?. A veces creo que deliro.” Se dio un manotazo sobre el dorso de la mano y siguió midiendo el verso: “otro verso octosílabo, no sé como me las apaño que siempre me sale así. ¿Lo dejo o intento el endecasílabo?.” Aquí tropezaba siempre Mario con la misma premisa. “A mí me gusta como me ha salido, ahora tengo que echar mano de la máquina de pulir, y ahí empieza mi calvario. Tengo que usar la cabeza donde manda el corazón. Creo que voy a seguir la técnica de siempre, que no es otra que la mía propia, al fin y al cabo soy consciente de que no escribo para pasar a la posteridad, sino para expresar un sentimiento que llevo dentro. Gusta hacerlo bonito – que duda cabe -, y teniendo en cuenta determinados principios, pero poco más. El genio que llevo dentro se ve que no anda por la labor, y en los momentos difíciles me deja más tirado que un trasto.” Los dos siguientes versos, decían:

—a veces nada busco—
sabor a cucharilla y azúcar

El inconsciente, esa tremenda caja negra que todos portamos como una mochila, está siempre dispuesto a prestar la ayuda que haga falta. Mario se concentraba en esos primeros versos que habían salido de su pluma, y a continuación llegaban los demás hasta completar el sentido de lo que pretendía decir. Eso sí, en lenguaje poético. Su larga trayectoria como escritor le había enseñado mucho, y sabía que tenía que exprimir  bien sus cinco sentidos para que no fueran banales sus palabras. Mario escribía con el corazón en la mano, y procuraba rodearse de todo cuanto le fuese necesario para tener la concentración necesaria. No confiaba demasiado en el golpe de inspiración, que le obligase a dejarlo todo para ponerse a escribir. Su forma de trabajar era más racional, tenía sus horas preferidas —eso si—, pero si pasaba un tiempo y no conseguía articular un par de versos en condiciones, terminaba por abandonarlo todo hasta el siguiente día en que lo intentaría de nuevo. Hacia calor, ese calor que obligaba a permanecer a la sombra, sin camisa, en pantalones cortos y con un vaso de agua al alcance de la mano para no derretirse. La cueva —como él llamaba a su rincón favorito— le proporcionaba el frescor necesario para sobrevivir a la escritura y a las ansias de expresarse, y sólo allí se atrevía a hacerlo. Aquel rincón del patio le daba la tranquilidad suficiente, para concentrarse en su tarea y olvidarse de otros asuntos más terrenales, más duros de sobrellevar.

en una mañana de invierno.

Mario no  llevaba bien el verano —ese larguísimo verano del Sur—, que a veces comenzaba en Abril y no terminaba hasta Noviembre; empezaba a creerse el cacareado cambio climático. Siendo como era de suelos asolados, habiendo mamado horas y horas de sol implacable, ¿cómo es que ahora no era capaz de soportar los rigores de la tierra que lo vio nacer?. Algo pasaba, y se negaba a cargar la culpa a la edad, que no perdona. Su porte, su físico no era para que le pudiese afectar tanto la inclemencia del Sol... Algo pasaba. Por eso le gustaba el invierno, y tal vez compusiese sus mejores versos bajo la influencia de esa estación, pero nunca se paró a comprobarlo, ni le merecía la pena, ni tenía tiempo para ello. Lo importante era seguir en disposición de emborronar papeles buscando la composición imposible, esa que le pudiese dejar con la satisfacción de haber parido algo sublime, algo que le catapultase al estrellato.

Son las diecimedia en punto,
hora de alimentar el alma

Habían sido tantos años esperando ese momento para encontrar la bonificación de una buena charla, que algún día tenía que verse reflejado en sus versos. Mario amaba esos momentos tanto como a su propia vida, no sólo por hallarse frente a la persona admirada, sino porque

viendo la desnudez de la calle
reflejada en el jaspe de tu mirada.

un diálogo en el que cada cual sepa ocupar el lugar que le corresponde, sin avasallar, escuchando y dejando expresarse, le llenaba tanto que no le importaba llevarse horas y horas, pero cuando descubría que su interlocutor era incapaz de mantener las formas, se abandonaba y daba igual lo que le contasen. Su presencia era sólo física, porque su espíritu navegaba por otros mundos. Él no se irritaba, si tenía oportunidad dejaba que los demás continuasen con sus asuntos mundanos, mientras se ponía a hacer cualquier cosa que no admitía espera, si no le quedaba más remedio permanecía en su puesto, aunque su aportación se redujese a monosílabos o frases sueltas.

Es el momento grácil,
la fuente oculta entre el tráfico

Siempre se preguntaba si era tan importante la estética de los versos. A veces podía suponer un parón en la producción artística porque se enfrascaba- una vez más- con la deliberación sobre que era más importante, si la forma o el fondo. Todo es importante. Preguntaba a sus colegas, pero no le convencían sus explicaciones, tampoco se preocupaba demasiado de buscar en los manuales al uso. Crear, innovar, era dos verbos que le gustaba verlos activos, y una vez puesto a reflexionar y transmitir, si que tenía confianza en su genio oculto. Si bien no era capaz de tomar las riendas de inmediato, de acudir a la llamada urgente de la inspiración, se esforzaba al máximo cuando tocaba hacerlo en el momento que él consideraba adecuado.

donde saborear el agua más fresca
que manar pueda río alguno.

Se levantó de la silla, y se fue al salón de la casa donde tenía un viejo radiocasete emitiendo música clásica. La cinta había terminado de leer una cara y esperaba la mano de Mario, que le diese la vuelta para continuar reproduciendo sonidos de fondo. Era tal la afición que le tenía a este tipo de música, que le resultaba imposible trazar dos líneas sino era con el fondo adecuado. No tenía preferencias, tampoco formación musical, pero la necesitaba, formaba parte de la parafernalia indispensable para concentrarse en lo que escribía. La ausencia de ruidos en la casa lo llevaba mal, por eso procuraba que aquel achacoso reproductor estuviese siempre emitiendo sonidos. Se dio un ligero paseo por el pasillo hasta llegar a la puerta de la calle, la abrió, miró a derecha e izquierda (no había nadie) y a continuación regresó sobre sus pasos a la cueva del patio.

Tu presencia, tu palabra,
el gesto mecánico del camarero
y el amorfo escudo de mi camisa
dan vueltas en torno al mundo
hasta que llegan otras diecimedia.

Le salió del tirón, casi sin respirar. Se volvió a levantar y se fue a la cocina para buscar algo fresco en el frigorífico. El agua que tenía en la mesa no estaba en condiciones de ser tragada, por lo que la vertió directamente en una maceta. Aún había claridad en el segundo patio, pero en el primero – que es donde se hallaba la cueva -, le resultaba difícil leer lo que estaba escribiendo, así que tuvo que encender la lámpara que colgaba directamente sobre la mesa. Alguna mosca —francotiradora— le seguía dando lata y no conseguía centrar sus ideas. Tomó el paño preparado al efecto, y le dio la suficiente confianza al visitante para que se pusiese en un lugar visible. Lentamente fue alzando su mano derecha y cuando consideró que la tenía entretenida, con la mano izquierda, lanzó un rápido golpe tras el cual desapareció el bichito.

Calendario de vida intensa

Mario nunca se casó, vivía para escribir; bastantes problemas le reportaba sus relaciones con la editorial como para tener encima que cuidar de una familia. Se enamoraba casi de forma continua y de todas las relaciones que mantenía, sacaba algo positivo, que luego  serviría para sus composiciones. Pero él necesitaba de la soledad y de muchos momentos de ausencia —de largas ausencias— para estar a gusto consigo mismo y llevar a cabo proyectos, que de otra manera consideraba que no sería posible verlos terminados. Esto le producía situaciones paradójicas, que le hacían sufrir y estancarse en el trabajo. Unas más que otras; las mujeres que iban pasando por su vida trataron de

—me fue marcada en el Olimpo—
que no tiene tardes ni noches,

 hacerle ver la posibilidad de compaginar ambas tareas. ¿Porqué tenía que ser tan huidizo?. Parecía estar fraguando alguna misteriosa fórmula, que fuese a revolucionar el mundo, al fin y al cabo escritores había para dar y tomar, y él no era más que uno entre tantos, ni tan siquiera era famoso. Mario entendía que sin esa forma de ser y actuar, no sería capaz de componer ni un solo verso y a pesar de lo que pretendían hacerle creer, él tenía su público que era quien compraba sus libros y le mantenía viva la ilusión de seguir componiendo. Tampoco necesitaba estar todos los días en los telediarios, ni en las revistas del corazón —para eso están otros—. Ganaba lo suficiente para llegar al día siguiente y no pedía más. Lo importante eran sus versos, no él, y para que estos nacieran necesitaba llevar la vida que llevaba, no otra.

que aspira con fuerza el aire

No le gustaba dejar ningún poema inconcluso, podía llevarse más o menos tiempo delante del folio, pero al final algo tenía que salir. Luego vendrían las correcciones de todo tipo, pero lo que en ese momento estaba sintiendo tenía que salir ahora; no esperaba. Le daba vueltas y vueltas al verso, al monema, a la idea...

rastreando el perfume de tu piel.

Al día siguiente si en su lectura encontraba la satisfacción necesaria, el poema pasaba a engrosar la lista de afortunados, de lo contrario era destruido sin salvar ni una sola estrofa. Así era Mario, quienes le conocían bien pensaban que le había tocado vivir una época difícil para la poesía, y por difícil para sacar adelante sus proyectos. En cambio tenía otros talentos innatos, que no quería explotar, había cultivado otros géneros y todos reconocían que lo hacía bien pero la poesía era otra cosa y todo su esfuerzo lo vertía en ella, no le importaba lo raro del momento, ni su mayor o menor gloria, componiendo versos se hallaba en su salsa, y no tenía la menor intención de intentar otras aventuras.

Tal vez en alguna hora perdida
se hayan cruzado en el éter

Ahora queda pensativo, haciendo un rápido examen de lo que ha sido su vida, de sus idas y venidas, su soledad, sus escasos amigos, su corta familia, sus padres... y piensa si en algún momento no debió invertir el signo del destino y no dejarse llevar por el camino que parecía marcado para él. Pero ¿cómo saber cual era la opción válida?. ¿Porqué en aquella ocasión decidió actuar de esa manera y no de otra?. Nota que se pierde, que se le está yendo la mente por derroteros que le distraen y no le permiten avanzar en la tarea que se trae entre manos

aromas y deseos
y nos hayamos visto los dos
sentados frente a frente, en el bar.

Se preguntaba Mario como era posible que le hubiese marcado tanto aquella circunstancia y que a pesar de lo mucho que llevaba vivido, no conseguía borrarlo de su cabeza, pero

Tañir de solitaria campana

siempre en el último momento, antes de que decidiese dejarlo todo, le ocurría algo inesperado, que penetraba en él por algunos de sus sentidos —siempre en alerta— y terminaba por darle forma a la estrofa que perseguía

que llama puntual a la oración
mientras un caballo relincha
desprendiendo luz entre sus cascos.

Apuró el vaso de agua y se fue a la cocina con la intención de prepararse una suculenta cena, que le reconfortase del esfuerzo empleado para dar por concluida la jornada. Las sombras de la noche habían extendido su largo manto con incrustaciones luminosas.

J.R. Infante




lunes, 20 de marzo de 2017

Una parada obligatoria en Paymogo


Parada obligatoria no solo porque Paymogo lo merece, sino también porque el sábado pasado se presentó el libro de relatos Una parada obligatoria. Un acto que estuvo a cargo del catedrático de la Universidad de Córdoba, Manuel Peña Díaz y en el cual estuvimos charlando sobre literatura, sobre relatos y sobre la forma de concebir ese encuentro entre el autor y el lector. Un paso más en la andadura de esta obra que espero vaya encontrando su sitio poco a poco.

sábado, 11 de febrero de 2017

Los que no pasaaron el corte (13)


VAMOS DE RUTA
Habían salido a las nueve de la mañana desde La Laja, y se disponían a pasar un buen día de campo con sus mochilas cargadas de ilusiones, sus botas de protección oficial para los tobillos y el bastón o palo largo – según los casos - para acompañarse cuando fuese necesario cruzar un arroyo o para mantener el equilibrio si de eso se trataba. Eran viejos conocidos de otros domingos, a excepción de Alejandro, que se estrenaba.
Emeterio C.: A mí no llevarme demasiado rápido, que acabo de salir de una lesión muscular y todavía me resiento algo ─decía EC.
Elías: No tenemos prisa ─contestó E─ el objetivo es asequible y si no llegamos, con volvemos para atrás, asunto concluido, hay que adecuarse a las circunstancias . ¿Tú qué piensas Prudencio?
Prudencio: Lo mismo que tú, que es lo primero, que vayamos a gusto y no tengamos obsesión por llegar a ningún sitio. A mi en particular me gustaría llegar a Castañares, pero comprendo que si alguien no se encuentra bien, ya lo intentaremos otro día.

No había nubes, pero el cielo presentaba un aspecto tan misterioso, que no se sabía muy bien que iría a pasar en las próximas horas.
E: Os voy a contar algo, aunque a lo mejor éste no sea el momento ni el lugar adecuado para hacerlo, pero me impresionó tanto que no me resisto a contarlo. Ayer escuché un debate en la radio que me llamó mucho la atención, porque no se suele hablar de estas cosas tan abiertamente en los medios. Se planteaban los contertulios sobre las distintas formas que tenemos los humanos, de encarar el momento decisivo de nuestras vidas, ese del último capotazo.
P: Me imagino que será desde un punto de vista religioso.
E: Bueno, la verdad es que lo enfocaron desde todos los puntos de vista, exceptuando claro está las causas accidentales, en los cuales no te da tiempo a plantearte nada, tan sólo coger la vereda.
EC: ¿Pero de qué iba la cosa? Del instante en el que la persona sabe que ya no hay marcha atrás, o de lo que cada cual piensa sobre el final de la vida.
E: Más bien de lo segundo.
Alejandro: Perdonad que me inhiba de esa conversación, pero es que me da un poco de grima hablar de esos temas, de hecho desde que lo habéis sacado llevo los dedos cruzados y no suelto el bordón-palo ni un momento.
P: Ahí está la cuestión; nos da miedo esa tremenda realidad. A lo mejor la vemos en otras especies como por ejemplo ese hongo (señalando a su lado), que nació anoche aprovechando la humedad, y en cuanto salga la luz del sol, morirá. Habrá cubierto su ciclo vital en unas cuantas horas. O la perdiz que nos encontramos el otro día poco antes de morir; o tantos ejemplos a los que no echamos cuenta, pero la especie humana es distinta, tiene raciocinio, piensa, y eso a veces resulta tan incómodo.
EC: Y aprendemos; a mí nunca se me borrarán las imágenes de aquel chaval con síndrome Down al que tuvimos que ir a despedir todos los compañeros del colegio con su corona de flores y todo. Eso te marca y te va situando. Tú no quieres echarle cuenta pero de vez en cuando, conforme pasan los años se te aparece el de la guadaña y te entra un tembleque por todo el cuerpo que no sabes como afrontarlo. Hay quienes hacen como Alejandro: se colocan los cascos y se ponen a escuchar música pero hay otras personas sobre todo a determinadas edades que agarran unas depresiones de aúpa.
E: ¡Joé no sabía yo que iba a dar tanto de sí el tema! Yo lo había sacado por hablar de algo durante el camino y que se nos hiciese más corto, pero ya veo que tenéis carrete.
P: Hombre, no es nada baladí lo que nos traemos entre manos. Se trata ni más ni menos ─pongamos por caso─, de que el domingo que viene podamos estar haciéndonos otra ruta o de que ésta sea la definitiva. ¿Te parece poco?
EC: Si es así nos damos media vuelta ya ¿eh?, no vaya a ser que empeore de mis molestias. ¡Ja, ja, ja
E: Es otra forma de verlo. De hecho hay quienes prefieren tomárselo a guasa y no hacerle ni el más mínimo caso, al fin y al cabo no va a ver una segunda oportunidad.
P: Hombre, ahí entraríamos en el aspecto místico del tema. Por eso te decía yo al principio...
E: ¡Ya, ya! Pero es que cada cual se agarra a la tabla de salvación que le parece oportuna. Otra cosa es aceptar o no que ese es nuestro destino.

Frente a los cuatro compañeros se despliega un bosque de castaños, que tiene el suelo completamente cubierto de hojas grandes y amarillas, y esparcidas por el suelo una gran cantidad de castañas a las que es difícil resistirse. El primero en agacharse para coger los mejores frutos es Alejandro, que sin abandonar sus botones auriculares comienza a llenar los bolsillos de su anorak. A él le sigue Emeterio C. Y casi de forma automática Prudencio y Elías. Continúan charlando aunque ahora de forma más entrecortada porque hay que degustar los productos que ofrece la madre Naturaleza, y se pierde la concentración.
EC: Porque vosotros estaréis conmigo en que es más segura la sentencia bíblica de que “polvo eres y en polvo te convertirás”, de aquella otra creencia de la resurrección y la vida eterna.
P: Es cuestión de fe; que nos convirtamos en polvo los sabemos, porque lo estamos viendo todos los días...
E: Y ahora más desde que se puso de moda el asunto de la incineración ─interrumpió Elías─. Perdona era una broma.
P: Pues eso. Venir a la vida terrenal y terminar volviendo a la Tierra lo vemos, lo palpamos y de eso no hay duda, nos pasa a nosotros y les pasa a otros muchos organismos, pero el asunto de la vida eterna que se nos ofrece si somos buenos, eso es ya otra cosa.
EC: O si somos malos, porque se dan las dos circunstancias. Una nos manda al cielo, donde se debe estar de puta madre, y otra al infierno que en un auténtico...infierno iba a decir...pero para no repetirme, digamos que no se debe estar demasiado a gusto.
P: Insisto  en lo de la fe, porque ahí está la clave de todo. Nos han educado bajo más premisas que nos hacen medir las cosas de ese modo, pero hay otras religiones y otras creencias donde no existe el cielo y el infierno; no se le teme a la muerte. Nos ha tocado esta parte del Planeta y este momento de nuestra existencia, y aquí y ahora se ven las cosas de esta manera. Hay que ser buenos para tener un trámite relajado y tranquilo, cuando la verdad es que nada sabemos de esos instantes y poco importa el tipo de persona que hayas sido.
E: Yo creo que esto no es más que un ciclo y lo mismo que un día llegamos a este mundo y nos vamos desenvolviendo con más o menos fortuna, llega otro en el que se cierra el ciclo. Antes de ser concebidos no éramos absolutamente nada, ¿por qué lo vamos a ser una vez cerrado el circuito? Lo importante ─y ahí puede radicar nuestro bienestar─ es ser conscientes de la realidad de la vida, que hay un principio y un final.
P: 0 que ─dicho con otras palabras─, la muerte no es más que una parte de la vida.
EC: Ya, lo que pasa es que a nadie le gusta abandonar esta vereda, le tenemos tanto cariño, que en el fondo nos da miedo enfrentarnos con ella, aunque forma parte de la vida.
E: Lo del miedo es otra cosa, puede ser un mecanismo de defensa que tenemos, tal vez para no dejar este mundo antes de la cuenta. Por eso hay tan pocos valientes y son sólo un puñado de elegidos los que se juegan la vida de forma consciente. Tenerle miedo a la muerte es algo tan natural, que gracias a eso logramos sobrevivir. Sino ─y poniendo un ejemplo de nuestro ámbito─, cuántos de nosotros no habríamos caído ya cuando hemos andado por ahí por esos montes, sin saber por donde estábamos.
P: Eso tan bien puede ser prudencia.
E: Si prudencia, pero condicionada por lo mismo que veníamos hablando, porque sabemos que podemos acabar metiéndonos en un callejón sin salida.
EC: Hombre, no siempre tiene que ser por miedo a cascarla. Se le tiene miedo también a romperte algún hueso, o recibir algún golpe que te lo haga pasar mal.
E: Si, eso es así, pero antes una situación de este tipo, lo que se te viene a la mente es que te matas, otra cosa es el resultado final, que afortunadamente en la mayoría de los casos no pasa de un susto o de alguna lesión, pero por la mente pasan cosas tremendas.
P: Ahí aparece el dolor.
E: Uno de nuestros miedos, que aunque no es causa de muerte, si que pensamos también, más de una vez, que es un aviso.
EC: Hombre, en eso creo que exageras un poco, porque doler nos duelen tantas cosas a lo largo de la existencia, que no tenemos porque pensar en que eso sea ningún aviso. Cualquier persona más o menos centrada sabe que un dolor de muelas es eso y nada más, y no se va a poner trascendental, salvo que no tenga a mano un dolalgial o se le demore la consulta del dentista.
E: Ya, porque es un dolor de muelas, pero cuando es algo que no está tan claro y no tienes localizado su origen, porque no has sufrido ningún traumatismo ni te lo tienen diagnosticado, si que te entra un entripado que lo primero que piensas es que es algo importante.

En medio de un frondosa vegetación donde destacan las cornicabras pegadas a la orilla del sendero y los troncos agrietados por el paso del tiempo de centenarios alcornoques, las palabras de Emeterio C., Elías y Prudencio se dispersan y buscan acomodo como si nadie más les echase cuenta. Alejandro seguía absorto en un mundo contemplativo de magníficas imágenes visuales y la Traviata endulzándole los oídos. Su fe consistía en que llegado el momento de quitarse los tapones, sus acompañantes hubiesen terminado de plantearse dudas sobre ese asunto del que no valía la pena hablar; que llegase el momento cuando tuviese que llegar; no va a tener solución por muchas vueltas que le den, así que para que tanto filosofar. Contemplemos y disfrutemos de lo que ahora mismo tenemos delante, que además es para lo que hemos salido de casa, lo otro déjalo ahí y no lo toques que es peligroso despertar a la fiera. Unos hippies se las ingeniado para vivir en una tienda india en medio de una pradera, buscando apartarse de la vida                            bullanguera y ruidosa de la ciudad. Cerca de ella un bosquete de quercus les proporciona cobijo para los tórridos días de verano.
P: Decía Eme que a él le había impresionado la muerte de un chaval Down en sus años escolares, pero yo tengo clavado en mi mente la imagen de un motorista, que se dejó los sesos en la calle delante de mis ojos. No os podéis hacer una idea lo que impresiona ver dispersa por el suelo cualquier parte de nuestra anatomía.
E: Si, pero ya os decía al principio que las causas accidentales no las contemplaban en el debate, porque claro podemos entrar también en cualquiera de las guerras que tenemos hoy día y las escenas son espeluznantes. Pero esa no es la forma normal de concebir la muerte, eso son causas mayores que están por encima de tu propia voluntad.
P: De acuerdo, pero si te predisponen para que al final la termines aplicando a tu propia existencia, y de alguna u otra forma te hagas planteamientos y pienses si merece la pena tales y tales esfuerzos cuando el día menos pensado ¡zas al hoyo!
EC: Ahora entramos en nuestra condición de pesimistas u optimistas.
P: ¿Porqué lo dices?
EC: Hombre, porque nuestra vida no puede estar marcada por este tipo de planteamientos. Hay que gozarla y vivirla de la forma más agradable posible. No podemos estar dándole vueltas a que al final la vamos a cascar. Eso ya lo sabemos, pero mientras tanto tenemos que buscarnos los medios para estar lo más a gusto posible.
E: Habla un optimista.
P: Normal, y si le preguntas su opinión a un pesimista, lo más probable es que prefiera hacer los mismo que Alejandro. Yo no lo planteaba en esos términos. Lo que quería decir es que esas circunstancias ─el accidente, la guerra─ te llevan a pensar en que aceptar que esto es así, que a ti también te ha de llegar el momento, te dejan como si todo se hubiese paralizado y tú te encontrarás fuera de sitio. Una rápida mirada a tu pasado y lo ves todo tan cambiado que te sientes como un bicho raro.
EC: No acabo de pillarte la idea. Mi impresión es de mucho cague y aunque no llego al extremo del amigo Alejandro, la prueba es que aquí estoy charlando con vosotros sobre el tema, no quisiera que me llegara nunca el momento, o al menos que me llegara de forma consciente, mejor es que no me enterase de nada, que siga viviendo de la forma que lo hago, más o menos sin problemas pero sin necesidad tampoco de tener que hablar mucho de esto, y que ese día pues...¡que se retrase!...Lo primero que se retrase ¡je,je!, pero como soy consciente de que no se puede esquivar, que no me entere.
E: Oye por cierto, ya que he sacado el tema yo ¿qué os parece si hacemos una paradita, descansamos, nos comemos el bocata y luego seguimos si tenéis ganas de seguir charlando?
P: Por mí no hay inconveniente, además ya va haciendo hambre.
EC: Por mí tampoco y por Ale seguro que nos lo agradece en el alma.

Y se sentaron. Abajo en la ribera los chopos alargaban sus finos dedos queriendo tocar las nubes, pero éstas permanecían ocultas por una delgada capa de niebla, a modo de tull de bailarina. Se oía el cencerro de unas ovejas que mordisqueaban el pasto, y de vez en cuando el repiqueteo lejano de un pájaro carpintero, poniendo a prueba la resistencia de un poste de telégrafos que dejó hace tiempo de prestar servicio. Alejandro le daba un respiro a sus auriculares y hacia uso de sus mandíbulas lanzando fuertes mordiscos a la textura de un filete empanado, que le estuvo preparando su madre la noche anterior. El resto callaba, concentraban sus fuerzas en degustar sus viandas y chucherías regadas por una bota de vino, que Elías había tenido el detalle de hacerla compañera de viaje.
E: Una cosa, ¿os habéis dado cuenta de que cuando somos jóvenes no nos planteamos nada de lo que veníamos hablando?
A: ¡Ah, pero vais a seguir!
P: Hombre Alejandro, danos tu opinión, tampoco  te va a pasar nada por eso.
A: ¡Ni hablar! Permitidme que me ponga los auriculares, y podéis seguir con vuestra comedura de coco.
EC: Está bien, seguiremos el camino, aunque yo cada vez me siento menos fuerza, no sé yo si llegaré o es preferible que me quede y me recojáis a la vuelta.
E: Venga que ya queda poco. Ahora nos tomamos un cafetito cuando lleguemos a Castañares y ya verás tú como te recuperas.
P: ¿Qué preguntabas Elías?
E: La edad, decía que se nota que ya no pensamos como en nuestra juventud, que estas cosas puede que te marquen según tus propias vivencias, pero no se le echa cuenta, no se profundiza.
P: Ni a esto ni a casi nada. Las preferencias de los veinte años están por encima del bien y del mal, y desde luego discurren por otros senderos muy distintos al que llevamos nosotros ahora.
EC: Seguro, pero ese es otro tema. Vamos a no perdernos. Lo que quiero decir es que llega un momento en nuestra vida, en que comenzamos a pensar cada más en que algún día nos va a tocar a nosotros, y se nos crean una serie de dudas que en otras épocas anteriores ni siquiera te habías planteado.
P: Porque las necesidades son otras. Tenemos establecidas un orden de prioridades en nuestra existencia, dependiendo del momento, y eso nos hace olvidar la más trascendental de todas, aunque bien es cierto que hay quien ni siquiera llega a planteárselo nunca, porque tiene otras más básicas que cubrir y estar en este mundo o en el otro es algo que no le importa demasiado.
EC: Te refieres a los valientes.
P: Me refiero a los indigentes o a las personas desamparadas, para los que la vida significa tan poco, que vivir o morir les resulta indiferente.
E: No iba por ahí el debate que yo escuchaba, claro está; se trata de situar la circunstancia de la mente ante los ojos de personas que llegan a una determinada edad en condiciones normales, y están en perfectas condiciones mentales para poder pensar en ella.
EC: Hombre no cabe duda que podemos considerarnos afortunados porque a pesar de que nos toque reflexionar y pensar sobre asuntos de esta índole, que nos pone los pelos de punta, siempre será mejor que morirse en cualquier rincón hambriento o simplemente de frío. Nuestra vida se alarga y en cierta medida si sabemos situar cada cosa en su sitio, es bonito vivirla.
P: Para nosotros que nos van bien las cosas, pero cuanta y cuanta gente están deseando irse para el otro barrio.
E: Claro, pero será ese tipo de gente que ni siquiera se ha planteado nunca que es la muerte. Pueden haberla conocido por familiares o amigos y estarán tan hartos de pasarlo mal por una u otra causa, que no les importaría dejar de existir.
P: ¿Entramos en capítulo de suicidio o en el instinto de supervivencia?
EC: Ahí puede que esté el término medio. Lo mismo que hay gente capaz de suicidarse ─cosa que no es nada fácil a mi entender─, también hay quienes se agarran a lo que sea con tal de conservar la vida, a pesar de que lo estén pasando mal y sepan que el proceso es irreversible.
P: Porque lo malo de todo esto es cuando te das cuenta que los días no son más que una sucesión de horas, que te van llevando a ese último instante, y que lo único que hacen es estremecer nuestro tiempo, como si estuviésemos en una sala de espera de un especialista.
E: Sólo que en esta ocasión el especialista tiene tanto poder que es capaz de mandarte al otro barrio.
EC: Una especie de sicario.
P: Un asesino.
E: Bueno, bueno, ¡no pasarse eh! Que no se trata de que te liquiden  así por las buenas. Ahí estamos. Cierto es que caemos en esa sala de espera, y que conforme vamos cumpliendo años lo vemos más claro, pero nos agarramos a la familia, los amigos, las costumbres, la vida sana.
P: La tele...
EC: Je, je, je.
E: ¡Lo que sea! El asunto es pensar en ello lo estrictamente necesario, y a ser posible en un ambiente relajado porque como te coja con las defensas bajas entonces dejamos de pertenecer a ese grupo que decía Eme de los seres afortunados, y podríamos pasar a ese otro de los pesimistas o los desaprensivos que aún es peor.
P: Mira Eme ahí tenemos ya Castañares. ¿Qué tal tu lesión?
EC: La verdad es que ni la noto. No hay nada como una buena conversación, para no pensar en lo que tiene uno.
P: Sobre todo cuando la conversación versa sobre un tema, que deja en pañales a cualquier dolencia que pudiésemos tener.
E: Bueno yo he sacado éste porque como lo tenía reciente en la cabeza; lo que pasa es que vosotros os lo habéis tomado con unas ganas, que parecía que lo teníais preparado.
EC: Nosotros si, pero Alejandro, como es nuevo, se ve que le ha cogido de sorpresa. Éste suspende el examen, seguro.
E: Que le vamos a hacer, habrá que darle un poco de cancha a la criatura. Ya lo pillaremos por otro lado: ¡Qué ganas tengo de arrimarme a la boca un café!
EC: Con pastelitos a ser posible.
P: ¡Ya estamos! Que el colesterol mata.
EC: ¡Je,je! Después de lo que llevamos andado, deja que mate. Por si nos llama el especialista, mejor es que nos coja con la barriga llena, no sea que nos lo quite y tengamos un placer menos del que disfrutar.
P. Di que sí, muchacho; además aún nos queda el camino de vuelta, que ese si que es importante hacerlo.
E: Por cierto ¿qué os parece si nos acercamos a ver la catedral, que se comenzó a construir en épocas florecientes de la Iglesia y que nunca llegó a terminarse?
¡Vamos! ─dijeron Prudencio y Emeterio C.
Alejandro ni se enteró de la propuesta y permaneció sentado al lado de un enorme nogal contemplando como pasaba el agua por un antiguo lavadero. El edificio tenía por la parte trasera, con una puerta semiderruida por la que accedieron los tres compañeros de viaje. Alejandro estaba mirando su reloj, que marcaba las seis de la tarde, cuando escuchó un tremendo ruido seguido de una enorme polvareda. Al poco vio gente correr de un lado para otro, con gestos alarmantes y caras desencajadas. Fue preguntando al tiempo que avanzaba hacia el lugar donde se había producido el estruendo y las noticias que recibía no podían ser más desalentadoras: “Ha sido un rayo”, “Unos forasteros” ─ decían algunas mujeres─. “Creo que eran tres” ─decían otras─. “¿Pero que ha pasado? “ ─se preguntaba Alejandro─. “Que se ha venido abajo la catedral” ─decían otros. Alejandro trató de abrirse paso entre el vecindario, pero ya había llegado la Guardia Civil e impedía acercarse al tremendo montón de escombros, en que se había quedado reducido lo que otrora fuese un templo dedicado al culto religioso.

miércoles, 18 de enero de 2017

Los que no pasaron el corte (12)


SINFONÍA EN PI MAYOR
Las marismas y las aves en aquel luminoso día presentaban un aspecto, como pocas veces había visto de las innumerables ocasiones, en que había tenido oportunidad de desplazarme por esas recónditas tierras. En el interior del coche el ambiente era agradable, penetraba suave el sol a través del cristal, proporcionando un calor corporal que por momentos daba ganas de irse quitando ropa, a pesar de que en el visor digital se percibía con claridad que la temperatura exterior no pasaba de los diez grados. La inconfundible melodía de Kiss FM ocupaba el espacio útil habitable, y tu sonrisa delataba el estado placentero en que te hallabas imbuida. A través de los prismáticos divisábamos juguetonas a un par de cigüeñuelas que charqueaban; con su levita negra, ella mantilla de monja y él boina hasta los ojos, se movían con gracia por aquellas someras aguas que no les llegaba ni a las rodillas; de vez en cuando inclinaban la cabeza y lanzaban su afilado pico contra el agua. Yo te disuadía de la intención de dar una cabezadita, y te hacía mirar para que te fijases en los detalles: “Parece que llevan medias encarnadas”, comentabas, al tiempo que los destellos de tu pelo se enredaban en mi sien.
Pero duraba poco la observación, podía más el efecto de aquel plato, que poco antes habíamos estado saboreando en el pueblo: en un ambiente relajado y tranquilo, compartimos no sólo los sabores que conformaban el menú, sino todo el efluvio que emanaba tu presencia, una estancia libre de  humos, unas mesas sencillas y unas gentes amables que atendían el  local. Estaba encendida la televisión, pero más bien parecía un cuadro fijo, como lo eran aquellos ladrillos que a modo de muestra aparecían en un trozo de pared, como si al albañil se la hubiese acabado la mezcla en el momento de enlucir aquel paño. Algunas personas entraban al recinto y en sus rostros se adivinaba que en la calle hacía frío, a pesar de la luminosidad que se veía desde nuestra posición. De repente una nube negra pasa velozmente junto a nosotros, describiendo arabescos en el cielo. Tú llamas mi atención, que en ese momento estaba centrada en una guía de aves, tratando de aclararme sobre la diferencia entre el aguilucho lagunero y el aguilucho pálido. Dejo el libro, alzo la vista y aquella nube se deshilacha rítmicamente, configurando esa especie de pentagrama sobre una línea eléctrica que atravesaba la marisma. Manifiesto mi primera sensación antes de echarme los prismáticos a la cara, y ponerme a observar con detalle. En la radio suena Caetano Veloso, y mis labios se deslizan buscando la complicidad de los tuyos.
Ante nosotros ellos: negros, rechonchos y ruidosos los estorninos posaban en el alambre sin miedo alguno a una descarga mortal. No podía oírlos, la distancia lo impedía, pero podía ver como a algunos se le erizaban las plumas del cuello, en ese gesto claro de emisión de notas sonoras. Me traían recuerdos de tardes veraniegas, cuando buscando el sitio adecuado donde pasar la noche, alborotaban a todo el vecindario. Algunos pitaban como si fuesen guardias de seguridad, tratando de poner orden. “Éste también tiene medias sonrosadas”. “En realidad son rojas, lo que pasa es que en la distancia y con estos prismáticos pueden dar ese tono”. Todavía haces algunos esfuerzos por no quedarte dormida, y participar de las mismas sensaciones que yo siento, cuando me encuentro en un lugar como éste, donde la vista no alcanza a divisar el horizonte que se pierde entre espejos plateados. Pongo de nuevo el motor en marcha y avanzamos lentamente, por un suelo algo complicado debido a las últimas lluvias y a la dejadez de algún guardacaminos, pero en fin aquí hay que olvidarse de todo, y conducir lento para que no se escape ni un detalle. Seguro que el conductor que nos cruzamos piensa de muy distinta forma. Él no está de paseo, su vida discurre entre el pueblo y el hato y encontrarse con esos socavones una y otra vez no deben hacerle ninguna gracia, por muy luminoso que esté el día, ni por muchas aves que se muevan a su alrededor.
Un grupo de cigüeñas caminan por el caño a la captura de algo sólido que ensartar con su pico; la mayoría son blancas, pero la experiencia me dice, que nunca hay que dejar pasar la oportunidad de observan atentamente toda agrupación avícola; entre la masa, tratando de pasar desapercibidas siempre suelen aparecer algunos ejemplares de otras especies más esquivas, menos fotogénicas, y esta ocasión no había de ser distinta. Distingo al menos dos de sus parientes cercanas, que tratan de esconder su levita negra en medio de tanta blancura, pero el cuello les delata y cuando intentamos detenernos para una mejor visión, levantan el vuelo, como lo levanto yo al llegar a mis oídos la melodía “hard to say I’m sorry” de Chicago, que me deja en estado catatónico. Abandono los prismáticos y todo mi interés por el mundo exterior, y me centro en las dos lunas de tus ojos, que al poco de retarlos desafiantes, te hacen exclamar una ¡ay! y buscar cobijo en mi pecho. Pasan unos minutos en los que todo se detiene, en los que no parece existir más mundo que el que ocupan nuestros cuerpos ensamblados en ardorosos besos. Apenas hay palabras, son sólo susurros, silabas sueltas que se deslizan por la comisura de los labios, y ascienden candorosos buscando el tímpano ajeno. Al mirar el cielo descubro sobre el fondo azul el rostro blanquecino dejado por esos aviones, que de forma continuada atraviesan en pocos minutos toda la bóveda celestial. ¿Dónde irán?.¿De dónde vendrán?. Siempre me he preguntado por la existencia de estas silenciosas máquinas, que ocupan ese lugar de privilegiado observatorio.
A mí que tanto me gusta observar, fijarme en cualquier detalle y quedarme con la idea de traspasarlo luego al blanco folio. Dicen que son entrenamientos militares, formas de engrosar horas de vuelo para pilotos, que necesitan tener un curriculo decente, por si llegado el momento hay que ponerse el mono de faena de forma seria. ¿Tiene sentido alguna guerra?. ¿Sería posible la convivencia sin la persuasión constante de estas máquinas de matar?. ¿Porqué tendremos que estar vigilándonos continuamente los unos a los otros?. Todas estas preguntas y algunas más me las hago aprovechando que has conseguido relajarte, cerrar los ojos y dejar que tu cuerpo disfrute de unos minutos de descanso. Luego dirás que has tenido un sueño muy tonto, que no sabes porque aparecen esas personas y a cuento de qué estaban presentes, pero ya sabes: al lenguaje de los sueños nunca le hemos prestado demasiada atención. Abres los ojos, justo en el momento que pasan junto a tu ventana una colorista concentración de aves de pequeño porte, que cuchichean entre sí. Forma parte de esa amplia familia que debido a sus particularidades cantoras, sufren el acoso de aquellas personas que no se conforman con verlos revolotear o escucharlos cerca de sus casas,, prefieren tenerlos enjaulados para que alegren los días oscuros, a costa de privarles de la parte esencial de cualquier ave: su libertad. Los fringílidos son acosados en todos los ámbitos, tanto en pueblos como en ciudades donde llegan a esa especie de zoco donde todo vale con tal de comerciar.
Observarlos en el campo vale cien veces más que una sola de las notas musicales que emitan entre rejas. Como llegan, como ondulan el aire, con que delicadeza se posan sobre los cardos y otras plantas silvestres para extraerles las semillas. Algunos tienen la cara colorada, posiblemente por la vergüenza que les supone estar en el centro de atención del hombre, que no hace más que ingeniar cual es la mejor forma de capturarlos. En un naranjo – uno de sus árboles favoritos –, pude observar en una ocasión, con que dulzura alimentaban los progenitores a unas crías cuyo nido había sido desplazado al interior de una jaula. Si conseguían salir adelante, jamás tendrían la oportunidad de experimentar con la ingravidez de los cuerpos. Yo si tengo esa oportunidad, el que estés aquí y ahora a mi lado, acompañándome sensorialmente, me hace sentir lo mismo que ese pequeño carduelis, que nos reta en un alarde de virtudes. Me abandono en la estrechez del habitáculo, cierro los ojos y dejo que tus manos se posen sobre mi piel. Ahora se nota mejor que nunca el exceso de calor que proporciona ese sol invernal, por lo que tenemos que optar por buscar la brisa bajando uno de los cristales de la puerta. Lejanos pero de fácil identificación una colonia de flamencos zapatean incansables en busca de comida.
Te leo: “ Con sus largas paras rosadas y su desmesurado cuello semejan extrañas aves trasplantadas de una laguna africana. De repente, el bando se alarma y comienza a elevar pausadamente el vuelo, rasando el agua; una llamarada rojiza alegra el azul del cielo y se deja escuchar una fuente algarabía”. Parecen peregrinos que se desplazan en busca de ese lugar donde vivir en paz, sin que nadie les moleste. Su organización es tal que tienen hasta guarderías para que los pollos estén a salvo de esos depredadores, que acechan el momento oportuno de atacar. En estas aguas quizás sea el hombre el mayor de sus enemigos, con actuaciones que destruyen sus lugares de cría y alimentación. Mientras miramos sus elegantes figuras, te cuento todo esto y tú asientes con la mirada, con esa fe que tienes en mis conocimientos: sabes que me apasiona el mundo de las aves, pero lo que no sé si llegas a captar, es la importancia de tu presencia en este marco idílico en el que el sol se refleja en la lámina acuosa, dando la impresión de que nos encontramos en medio de la mar océana. Poco esfuerzo hay que hacer para imaginar como serían estos parajes en épocas pasadas, cuanto de cierto tienen las afirmaciones, de que aquí llegaban las olas, como ahora lo hacen en las lejanas playas del coto. A veces tengo la impresión que me parieron en una era desde la que se divisaba el mar, como se ensancha mi caja toráxica  cuando me encuentro en situaciones como éstas.
Lees: “Gran ave zancuda blanca y rosa; parte anterior de las alas rojas y parte posterior negra; cuello muy largo; patas rosas; pico corto, grueso y curvado hacia abajo, rosa con punta negra; los jóvenes son pardo-grisáceos sin rosa: sexo iguales”. ¿Comprendes ahora porqué se les llama Phoenicopterus ruber?. Me miras como quien duda de creerse lo que escucha; beso tus labios rosas y acaricio tu nuca. Ahora pareces más convencida. “Los colores más increíbles que iban del amarillo más tenue a un naranja intenso del rosado y del rojo hasta el verde, constituían un espectáculo que nunca me quería perder. Y cuando a ese cielo lleno de colores lo cruzaba una bandada de flamencos rosados, el espectáculo era casi sobrenatural”.  Leías en un libro sobre la Patagonia, mientras que yo me quedo extasiado, al cruzarse en el visor de mis prismáticos una de las aves más esquivas y a la vez más impresionantes, que se puedan ver por estos lugares. Por aquí le llaman el gallo azul, pero todos los aficionados sabemos que se trata del calamón común: luce su característico plumaje azul purpúrea que según va desplazándose de un lugar a otro, se ve en mejores o peores condiciones, pero que daba la luz que hoy tenemos, se convierte en un éxtasis su contemplación. Procuro que lo veas lo más rápido posible antes que se pierda por la masa de espadañas por las que se mueve, o en su defecto que aguantes todo lo que puedas con los prismáticos tratando, de hacer un minucioso barrido por toda la zona cubierta de vegetales.
Lo distingues, quedas sumida en su contemplación y mientras describes lo que ves, me pierdo en contemplar cada facción de tu cara, en ese temblor nervioso de tu mano izquierda que me gusta imaginar es debido a mi presencia. Busco tu cuerpo en medio de este mar de verdor y músicas melodiosas, no puedo resistir la tentación de saborear tus besos y entregarme a tus deseos, a esas ansias que brotan de todos tus poros. Pasan los minutos, la soledad es cada vez más palpable aunque no podemos sustraernos a la tentación de mirar de vez en cuando por encima de los hombros, para ver si se divisa algún vehículo en la lejanía. Ese inmenso azul que nos invade, ocupa todo el espacio, y nos sentimos valientes rodeados de multitud de aves entregadas a sus distintos quehaceres, sin preocuparse demasiado por la ocupación de esos dos seres que se encuentran en el interior del coche. Ellas están acostumbradas a que de vez en cuando alguien se pare a contemplarlas,  guardan las distancias y las formas, y confían en la buena voluntad de los bípedos que merodean por estos caminos. Sudamos a pesar de tener abiertas las ventanas delanteras. Más allá un ratonero prueba a vencer la resistencia del aire, y trata de mantenerse como si fuera una cometa. Zigzaguea, se deja caer con las garras abiertas pero no vemos si ha sacado algo del agua o ha fracasado en su intento.
Acostumbrado a verle en terrenos más boscosos, me sorprende y confunde, pero para algo han sido dotadas las aves de esas prodigiosas alas, para poder desplazarse con facilidad y parecer a veces que son capaces de estar en dos sitios al mismo tiempo. El sol inicia ya su vertiginoso descenso, y pronto se podrá ver en la lejanía toda una extensa franja coloreada, mientras que las nubes más cercanas dibujan formas que semejan animales salvajes, buques fantasmas o ilusorias ciudades algodonosas. Va disminuyendo el ímpetu vital de la mayoría de los habituales de la zona, al tiempo que las sombras recobran su efímero dominio. Pongo de nuevo en marcha el motor del coche, y emprendemos el retorno por pistas llenas de agujeros, que parecen no acabarse nunca y que nos hacen dudar si en algún momento volveremos a pisar el asfalto, o nos habremos metido en un laberinto de canales, que nos mantendrá ocupados durante toda la noche. Viene a mi mente la estridencia del canto del triguero y la increíble capacidad de vuelo del cernícalo. Por un instante me gustaría que nos convirtiésemos en alguno de ellos, para sortear la montaña de residuos plásticos que nos corta el camino y contar con los últimos rayos de sol – esos que nada más que ven las aves – para llegar a nuestra dormidera. Miro tus ojos llenos de dulzura, y respiro profundo el sabor a marisma que destila tu piel
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