sábado, 10 de septiembre de 2016

Los que no pasaron el corte (8)


AQUELLA NOCHE

La estancia es una azotea sin vistas al mar, pero con un grúa amarilla en forma de cruz, a la que corona una alegre bandera con los colores de Andalucía. En una antena cercana una pareja de tordos lanza agudos pitidos, y como fondo lejano resuena el ronroneo del tráfico.
—Yo te puedo decir que fue una puta la primera mujer que intentó que tuviese una eyaculación. Los nervios me traicionaron y aunque se daban todas las condiciones para que me hubiese corrido en un santiamén, aquello duraba tanto que la mujer no tuvo más remedio que confesar, que iba a terminar por hacer que se corriese ella antes que yo – decía el hombre.
—Cosa bastante difícil por dos motivos: primero por tratarse de una fulana y luego, porque las mujeres necesitamos algo más que un hombre encima para tener un orgasmo –dijo la hermana.
—Sí, ya sé está lo del amor, las caricias y todo eso pero como a los hombres (al menos los aspirantes a serlo), tan sólo nos basta con una hembra medioqué, yo creía que aquello era coser y cantar, luego del esfuerzo que me costó conseguir la pasta, que esa es otra, pero en fin no es el tema. El asunto es que aquella mujer marcó un tanto mi camino sexual, y nunca me la he podido quitar de la cabeza.
—Bueno, eso es debido –intervino la profesional– a que en nuestra juventud, que es cuando aparecen estas necesidades, igual que pasa con la niñez con otros asuntos, se nos marcan determinados momentos en nuestro cerebro, que luego pasado el tiempo vuelven a aparecer cuando se dan las circunstancias de cierto paralelismo sincrónico.
—Pero Freud dice que ya desde chiquitito tenemos tendencia a toquetear los órganos genitales ajenos –interrumpió el amigo- . ¿Cómo dices que es en la juventud, cuando aparece esa necesidad?
—Bueno Freud decía algo parecido a eso con relación a la sexualidad, pero yo considero que hasta que no se alcanza el orgasmo, no podemos estar hablando de unas relaciones sexuales plenas. Digamos que en la infancia se van marcando las pautas de lo que luego podemos conseguir de adolescentes.
—Tampoco creo que se pueda considerar al orgasmo como unas relaciones sexuales plenas, si no lo acompañamos de una serie de conductas que va desde una simple caricia... –interrumpió el amigo.
—Bueno, quizás no me he expresado bien. He querido decir el primer orgasmo, que es de lo que estamos hablando, por supuesto que las relaciones sexuales plenas van mucho más allá de eso, perdón por el lapsus –continuó la profesional.
—Retomando a lo que íbamos –decía la hermana-, por mi parte tengo que decir que yo buscaba la presencia de un chico, aprovechando los bailes en el club y notaba claramente que me mojaba al son de Venecia sin ti y cosas por el estilo, pero la primera relación sexual de verdad es que tardó en venir, porque las mujeres una vez más, somos distintas a los hombres y no nos resulta fácil acostarnos (por decir algo que se entienda), con alguien que no nos gusta, esperamos más romanticismo en la acción, tal vez llevamos implícitas el miedo a ser las perdedoras en caso de que algo salga mal, o tal vez nuestras madres nos lavaban demasiado el coco con los asuntos de los embarazos y cosas por el estilo. El asunto es que cuando yo me encontré con todo a mi favor para tener una primera relación sexual, parecía que estaba viviendo una película y que no podía salirme del guión, porque yo era la protagonista femenina, así que me tocó refregarme por las esquinas con la pasión supliendo el miedo, sin un coche que llevarme a la boca, porque en aquellos tiempos íbamos de pobres y con la historia que nos marcábamos de la puntita nada más, cada vez iba notando que el pene entraba un milímetro más, pero yo notaba algo por todo mi cuerpo que si no era orgasmo, a mí me lo parecía según la experiencia posterior.
—Una corrida a cuentagotas, podemos decir –dijo el hombre.
—Puede ser. Con el paso del tiempo se consigue unas mejores condiciones y el asunto se puede tratar de forma más relajada echándole, todo lo que hay que echarle –dijo la hermana.
— ¿Qué es? –preguntó el amigo.
—Hombre, me refiero a marcar bien los tiempos y que las mujeres consigamos disfrutar del acto en si, y que no sea sólo el hombre el que termina la faena. De todas formas todo depende de la suerte que a cada cual le toca, es muy distinto que tú consigas una pareja estable a que no lo tengas. Con tu pareja te podrá ir mejor o peor, pero al menos siempre cabe la posibilidad de intentar ir mejorando las cosas poco a poco, en cambio si lo que tienes son relaciones esporádicas, por muchas ganas que tengas de follar, va a depender de cómo te entiendas con la otra persona –dijo la hermana.
— ¿Y cuando tienes la pareja estable y notas que no consigues que ella disfrute de verdad?  -preguntó el amigo.
—Que es un caso muy corriente que le sucede a la mayoría de las mujeres, sino durante toda su vida, al menos durante una buena parte de ella, lo que pasa es que se callan, lo sufren en silencio y ya está. Pero eso más tarde o más temprano puede terminar pasando factura y al final llegan las separaciones, porque en una pareja donde el sexo no funciona, difícil es sacarla adelante. En otros tiempos las mujeres callaban y con que el hombre se corriera de vez en cuando, asunto solucionado, pero hoy día las cosas son muy distintas, la mujer es más independiente, tiene tanto derecho como él a pasarlo bien en las relaciones sexuales y por tanto exige –dijo la hermana.
—Pero, digo yo ¿Por qué tiene que haber tanta parafernalia en torno al sexo? ¿Por qué no se puede echar un polvo con alguien que te guste y ya está? -dijo el hombre.
— ¡Si vamos, y luego si te vi no me acuerdo! ¡No hombre, no! Tiene que haber algo más, digo yo, primero para llegar a echar ese polvo y luego que tiene que haber una continuidad, no somos animales. La normal es que algo quede tras un polvo, sino estaríamos hablando de lo que tú has contado de tu primera relación sexual: uno que va a disfrutar y otra que se abre de patas para ganarse unos euros  -dijo la hermana.
—Bueno. Vamos a ver –interrumpió la profesional-. La sociedad marca mucho y aunque tengamos instintos animales básicos por los cuales nos protegemos, comemos, dormimos y demás, de la misma forma buscamos a nuestra parte antagónica. Pero claro, nos encontramos con el medio que nos rodea, que nos marca unas normas y nos dice que para llegar a mantener unas relaciones sexuales plenas, es necesario cubrir una serie de etapas, llámense noviazgo, flirteo o como queramos llamarlas y todo porque eso es lo que hay a nuestro alrededor, lo que nos han hecho ver nuestros antepasados, nuestra cultura occidental; en otras partes las cosas funcionan de otro modo, pero en todos lados hay normas básicas de comportamiento que los integrantes de esas culturas respetan.
—O no –dijo el amigo.
—Sí, pero entonces ya estaríamos hablando de otra cosa, no de sexo –dijo la profesional.
—Muy bien, pero lo que yo quiero decir es que este asunto del folleteo tendría que ser más fácil, algo semejante a lo que tú has dicho: comemos, dormimos, nos protegemos. Todos cumplimos esas funciones y no hay problemas, en cambio para follar –dijo el hombre.
—¡Claro bonito! Porque es ese último caso tienes que contar también con la otra persona, para lo demás puedes bastarte por ti solito, pero para follar como no te hagas un solitario, ya me dirás –dijo la hermana.
—Puede ser que la Madre Naturaleza tenga previsto ese detalle, y como anda por medio el asunto de la perpetuación de la especie, éste extremo del sexo lo cuide más. Quiero dar un giro a lo que estamos hablando, que por otra parte me parece muy interesante aunque yo intervenga poco, pero vamos estoy con los ojos como la lechuza: sin pestañear. En fin digo que quiero retomar el asunto por el principio, para que tampoco nos perdamos demasiado; yo voy a contar no tanto mi primera vez, ya que no aportaría nada nuevo a lo que hasta ahora se ha dicho... –dijo el amigo.
—Eso no importa, cuenta lo que quieras –cortó el hombre-, pero empieza por decirnos como te lo montaste la primera vez, que yo lo he dicho y quiero saber como os ha ido a los demás.
—Está bien, digo que no es nada nuevo porque igual que tú, acudí a una casa de citas y tuve una eyaculación normal, sin demasiados adornos porque la profesional lo tenía todo previsto y en veinte minutos le dio tiempo a hacerme un pack que incluía lavado, peinado y secado. Lo único que recuerdo bien de aquel momento es que disfruté poco, se me quedó grabado la toallita con la que se protegió parte de su anatomía para que no la manchase demasiado, tal vez pensaba que yo sería un torrente expeledor de semen o algo por el estilo, porque vamos con un lavaíto posterior hubiera quedado de lujo. ¡Ah!, también guardo como recuerdo el cigarro que le tuve que pedir a la portera, para quitarme un poco los nervios del momento –dijo el amigo.
—Cuéntanos lo que pretendías antes que te cortara este entrometido –dijo la hermana.
—¡Oye! ¡Que yo sólo...!
—Es broma, hombre. Relájate y disfruta del sonido de las campanas –dijo la hermana.
—Venga, sigo antes de que os enredéis con otras cosas. Decía que lo que pretendo aportar a esta reunión es un nuevo matiz. Me explico: Yo había tenido mi primera vez en esa casa de citas, me había casado y sin embargo creo que las relaciones plenas (esas que estamos nombrando de vez en cuando), no me surgieron hasta que conocí a una persona de la cual no llegué a enamorarme, pero que me dejé llevar por el instinto carnal puro y duro. Supongo que el matrimonio no habría satisfecho mis necesidades sexuales, o es que siempre queremos más de lo que tenemos o es que me cogió en un momento débil o yo que sé. Aquello duró un tiempo al más puro estilo pasional, sin que casi nadie supiera nada (salvo los compinches) y con un olor a cuerno quemado que mi mujer a punto estuvo de descubrirlo todo, o tal vez lo descubrió y se lo guardó para sus adentros. La pasión (me resisto a llamarlo amor), estuvo rodeada de un halo misterioso que la hacían atractiva: fingíamos ante los demás, nos veíamos en el piso de una compinche y dejábamos pistas para evitar ser descubiertos. Eso en lo concerniente al montaje externo, luego centrándonos en lo puramente amoroso, nos entregamos tanto, que por fuerza las relaciones eran placenteras para los dos; sin llegar a extravagancias, buscamos la mejor forma de pasarlo bien. Hoy día, después de mucho tiempo, todavía no sé porqué terminó la relación, porque en el fondo no hubo nada que la hiciese desaparecer. En fin, resumiendo, aquí creo que se da un ejemplo típico de buscar fuera lo que no tienes dentro, aunque tal vez lo más correcto hubiese sido romper en lugar de ocultar nada –relató el amigo.
—Has tardado en hablar, pero te has explayado a base de bien, ¿eh caballa?, y además has tocado un tema peliagudo: la infidelidad. Ahí es nada. ¿Por qué somos infieles? ¿Qué es la infidelidad? ¿Por qué no puedes follar con una hembra que te atrae? Ya sé lo que vais a decir, pero antes dejad que os cuente lo que yo pienso, luego dadme vuestra opinión -intervino el hombre-. No se trata de andar por ahí agarrando todo lo que te gusta (eso lo hacían los primitivos), voy al caso de la atracción mutua, donde se dan condiciones para que te puedas ir a la cama con alguien. No me refiero a condiciones de estar soltero, separado o sin pareja. Ahí no hay dudas, si hay atracción a disfrutar de la vida, no te joe. Voy al caso que acabas de presentar donde uno de los dos, o los dos están emparejados, y aunque deseen follarse uno al otro, se reprimen porque hay una traba moral, burocrática o no sé como llamarla...
—Llámala social –dijo la profesional.
—Como quieras, social, lo cierto es que si nos acostumbrásemos a que echar un polvo es tan normal como tomarse un café o ir al cine con un amigo, las cosas las veríamos de otra forma.
—Bueno, son normales hasta cierto punto; vivimos en una sociedad (repito) y está montada bajo esas premisas. Si bien es cierto que habría que desmitificar el hecho de mantener unas relaciones sexuales, también lo es que no es lo mismo en todas las circunstancias. La infidelidad (que existe como tal aunque lo no creas), surge porque no estamos satisfechos con nuestra pareja, lo cual no quiere decir que no la queramos o que no nos sintamos unidos a ella, o que tengamos ganas de cambiar de aires. Vamos al terreno sexual propiamente dicho, y ahí se da la infidelidad porque necesitamos más, porque el atractivo sexual es poderoso y tal vez porque estén cambiando algunas cosas y estemos dejando de considerarla como insalvable, aunque bien es cierto que hemos sido infieles a lo largo de toda nuestra Historia Natural, que no es nada nuevo y que depende del concepto que cada cual tenga de la misma. Tú mismo tienes dudas, si la pareja lo tiene claro y está por la labor, pueden darse relaciones extramatrimoniales (por llamarlas de alguna manera) consentidas, en cuyo caso no estaríamos hablando de infidelidad aunque esa misma circunstancia en otra pareja puede serlo simplemente porque falta el consentimiento. Lo que ocurre es que esto en el fondo no suele funcionar (ahí tenemos las comunas), porque además de los afectivos, nos creamos otra serie de ataduras: hijos, vivienda, proyectos de vida, que son los que al final desequilibran la balanza y hacen que nos mantengamos fieles a nuestra pareja.
—Hermanito  -intervino la hermana-, eres demasiado brutote en algunos aspectos. No puedes pretender ir manteniendo relaciones sexuales como el que hace churros. Siempre se crean vínculos con la persona, y aunque a todos nos gustan los hombres o las mujeres en general, hay que respetarse y beberse algunas ganas sino es que no habría forma de sacar nada adelante. Yo voy al caso de hemos comentado de romper antes de entablar otra relación: a mi me parece lo más correcto. Así no se engaña a nadie, ni nadie puede sentirse traicionado, que creo que es lo que más duele en el fondo. Otra cosa es como se lleve la situación, y las secuelas que puede ocasionar una ruptura, pero es que engañar me parece tan deshonroso, tan barriobajero.
—Yo que he sacado el tema, puedo decir que no me siento culpable de nada, tampoco me dejé llevar por ninguna moda del momento, ni tan siquiera fue un flechazo que me hiciera entrar en un estado catatónico, que me llevara inevitablemente a vivir con mi amada o morir. No era ninguna de esas situaciones las que yo sentí. Fue un dejarse llevar por un impulso más primitivo que todas esas cosas, donde me invadió una sensación de bienestar extraña, porque me encontraba a gusto con mi pareja, pero sentirme en ese momento con la posibilidad de estar con otra mujer por el mero hecho de ser yo un hombre, me llenaba de un orgullo que seguramente se me notaría en la cara -dijo el amigo.
—Posiblemente porque en tu juventud nunca se te presentó una ocasión semejante – dijo la hermana.
—O porque no lo supiste aprovechar –dijo el hombre.
—O porque con ninguno de los ligues que tuve llegué nunca a tener relaciones sexuales. Cuatro besos y algún que otro pellizco en sitio impúdico.
—Que es como se empieza, o mejor dicho, se continúa con una adecuada formación sexual, lo que pasa que hay quien cubre las etapas más rápido y quien necesita más tiempo, porque cada cual tiene su propia mecánica -dijo la profesional-. Y a ti como a la mayoría de la gente, te cogió ese momento que nos cuentas en una situación de marido formal, cuando lo suyo tal vez hubiese sido, que antes de ese momento hubieses quemado etapas de relaciones sexuales como las que relatas. O sea, para que sepamos de que va esto, lo normal y lógico es que todos hubiésemos probado sin tapujos, que significan unas relaciones sexuales, pero insisto, vivimos en una sociedad que nos exige unas pautas de comportamiento, eso quiere decir que a determinada edad se nos permite flirtearnos por los bancos de los jardines, a otra se no nos va pidiendo que pasemos por la vicaría, o al menos que formalicemos nuestras relaciones, y a otra que nos separemos y volvamos a formalizar nuestras relaciones, y no se pase usted de listo porque entonces nos empiezan a mirar por encima del hombro.
— ¿Qué quieres decir, que hay que separarse por narices? -dijo la hermana.
—¡No! No se trata de eso, digo que en el terreno sexual una vez dentro de la etapa de pareja, si se diese el caso del que estamos hablando, la sociedad nos exige la ruptura y la formalización de una nueva pareja -aclaró la profesional.
—¡Ya! Pero eso de los cuernos ha existido de toda la vida y nadie se ha metido en la vida del otro para enmendarle la plana  -dijo el hombre.
—Si pero no está bien visto y si no de forma directa, de forma indirecta te hacen ver que algo no estás haciendo según las normas establecidas. Hay quien lo sabe y disimula y quien se convierte en un pasota que hasta presume de sus conquistas, al fin y al cabo hasta para esto necesitamos de los demás -dijo la profesional.
—Ahora te toca a ti contarnos como fueron tus principios. Me come la curiosidad por saber como empezó a formarse alguien que a la larga termina por convertirse en profesional de la cosa  -dijo la hermana.
—No te esperes nada extraordinario, no dejo de ser una mujer como la mayoría, sólo que la vida me llevó a ganarme el pan con asuntos relacionados con el sexo y sus distintas variantes. Me podía haber dado por las separaciones matrimoniales o los problemas de la infancia o yo que sé cuantas otras facetas y en cambio, un buen día monté la consulta y ahí estoy ganándome la vida, tratando de ayudar a los demás a que sean felices en sus relaciones sexuales -dijo la profesional.
—Que no es mala cosa –cortó el hombre.
—Pero sigue con lo que ibas a contar -dijo el amigo.
—Si, perdona por mi interrupción  -dijo el hombre.
—Bueno, lo que todos queréis escuchar en cierta forma coincide con alguna de las exposiciones anteriores y aunque es una situación menos frecuente, como vais a ver también se da en el mundo de la sexualidad. Yo fui de las que se casaron a temprana edad, porque tenía que cambiar de domicilio para conseguir mi independencia, y consideré que esa era la mejor forma. Me casé tan rápida y de tan mala manera, que al año siguiente ya me había separado, aquello fue un fracaso en el terreno sentimental. En lo puramente sexual, la verdad es que yo no sentía nada, por inexperiencia tanto mía como de mi pareja, y entre que él se corría antes de tiempo y que yo no encontraba la postura adecuada, aquella experiencia pasó sin pena ni gloria. Había tenido las poluciones lógicas de los sueños eróticos, me había masturbado casi sin saber que estaba haciendo y me había estado instruyendo todo lo que pude entre otras cosas porque lo necesitaba para mi trabajo. Al tener otra pareja con la que convivía, no se porqué me dio el punto y pensé que le tenía que echar más morbo a las relaciones, y buscar ese punto de inflexión al que no llegaba. ¿Y que hice? Me eché un ligue al margen de mi pareja y por supuesto sin que él supiese nada. Fue esporádico, pasional y sin amor, pero justo lo que necesitaba para que esas relaciones plenas llegasen.
—¿Pero no habíamos quedado que las relaciones sexuales plenas van acompañadas de otras cosas?  -cortó la hermana.
—Bueno, en este caso yo lo sustituí todo por el morbo que me daba saber que me iba a acostar con un tío que estaba como un tren. La experiencia no pudo ser mejor porque esa noche me enteré de verdad lo que puede sentir una mujer en manos del hombre adecuado. Nos compenetramos, nos comimos literalmente y llegué a perder la cuenta de las veces que me corrí. Un sueño para toda mujer que se precie  -dijo la profesional.
—Parece algo extraño que luego de dos relaciones, nos cuentes como tu primera corrida esa relación ocasional -dijo el amigo.
—Así es, pero las mujeres funcionamos de otra forma, ya te lo dije antes; vosotros más mal que bien os fuisteis a la casa de citas y conseguisteis echar un polvo sin más argumentos que las ganas de echarlo, pero nosotras somos otra cosa. Yo no conseguía sentirme bien porque mis amantes carecían de experiencia y no controlaban la situación, una vez que eyaculaban (todos lo sabéis), era difícil por no decir imposible continuar intentando nada; cuando se dieron las premisas adecuadas, el asunto funcionó y yo me encontré con el descubrimiento del sexo  -dijo la profesional.

Ahora nos encontramos en una habitación con un sofá de tres plazas y dos butacas adicionales. Por la cristalera de la ventana se ve la pared del bloque de enfrente. Una mesa, una librería y un armario empotrado completan el cuadro. Suena una música de guitarra en una habitación contigua.

—Bien, hasta aquí creo que nos hemos contado los unos a los otros ese difícil trance de la primera vez, del descubrimiento de verdad de lo que son unas relaciones sexuales. Otra cosa es la suerte que cada cual pueda haber tenido, de mantenerlas o no y las distintas vicisitudes por las que haya pasado hasta encontrarse en la situación actual, pero a mí me gustaría que nos abriésemos mentalmente y fuésemos capaces de exponer aquel momento o aquella relación de la que guardamos un mejor recuerdo, porque pensemos que fue nuestro culmen, nuestro clímax, en fin el no va más, ¿de acuerdo? – dijo la hermana.
—¡De acuerdo hermanita, por mi no hay inconveniente! -dijo el hombre.
—Ni por mi  continuó el amigo.
—Adelante, esto se está poniendo cada vez más interesante -dijo la profesional.
—Está bien, como yo he sido la promotora, empezaré por exponer mi punto de vista al respecto: sin duda cada cual tiene su propia vida y es difícil que se den dos situaciones iguales, porque lo que para cualquiera de vosotros puede resultar el no va más en las relaciones sexuales, a lo mejor para mi no lo es, pero vamos tampoco nos vamos a poner ahora a definir que se entiende por clímax o situación insuperable, me voy a centrar en contaros lo que para mí fue lo mejor, porque es lo que recuerdo una vez pasado el tiempo que como siempre es el que pone las cosas en su sitio. Conocí, ya en plena madurez y luego de haber pasado por unas cuantas relaciones a una persona que estaba a punto de separarse, como me atraía físicamente obvié cualquier otro tipo de vinculaciones y me dediqué a él con ilusión. Mi cabeza nunca ha dado para relaciones duraderas por lo que tampoco me compliqué demasiado. Me centré en sus ganas de tener una mujer entre sus manos y las mías para poseerlo. La experiencia acumulada por las dos partes fue suficiente para alcanzar momentos de gloria que nunca antes había sentido, y lo que es más importante, nunca más sentí hasta ahora, por lo tanto puedo decir sin temor a equivocarme que fue el momento más dulce de mi vida sexual –dijo la hermana.
—¿Pero seguro que no habría algo más que las ganas de mantener unas relaciones sexuales?  -dijo la profesional.
—Sí, claro que había algo más, la necesidad de tener a otra persona a tu lado, un compañero con el que compartir tu vida. Como digo he sido muy cabeza loca y nunca fui capaz de formar una familia, pongo por caso.
—Ahí puede estar tal vez ese recuerdo inolvidable que mantienes de esa relación -dijo la profesional.
—Yo en cambio  -cortó el hombre-, acabo de tener como quien dice mi momento dulce. Hace dos días que he estado en la cama con una rubia multiorgásmica, ¡una maravilla!
—Ya será menos –dijo el amigo.
—No te exagero, eh, de un cuerpo digno de elogio para las edades que barajamos, esta mujer se mueve en la cama buscando siempre la mejor postura y es capaz de correrse una y otra vez sin decaer en su ímpetu  -decía el hombre.
—¿Y cómo consigues tú no eyacular?  -preguntó el amigo.
—Con la mente  -dijo la hermana.
—¡Exacto hermanita! Con la mente, tú lo has dicho. A pesar de que no ceso en mi actividad para mantenerla tiesa, procuro distraer la mente y dejar que ella disfrute, se mueva, se toque sin cesar el clítoris y ruja como una fiera. De verdad que es todo un espectáculo verla actuar. Os puedo asegurar que de esta forma consigo encontrarme en mis momentos más esplendorosos. Me enorgullezco de hacerla disfrutar, hay veces que no necesito llegar a eyacular para sentirme satisfecho y ya sabemos que el hombre tiene en ese punto su momento más delicioso, pero luego de no sé cuanto tiempo, manteniendo un metesaca continuo, dándole por delante, por detrás, de lado, boca arriba, boca abajo y que sé yo de cuantas otras formas, a uno se le van pasando las ganas de correrse a gusto continuó el hombre.
—Porque estás manteniendo una eyaculación por tiempos  -dijo la profesional.
—Yo no sé si es por tiempos o como será, lo que si sé es que cuando acabamos, nos sentimos como si hubiésemos subido al pico más alto del Universo.
—En fin, a mi me parece un poco exagerado, lo digo como hombre, tal vez has tenido suerte y has dado con una persona que se compenetra adecuadamente contigo, porque eso es lo que yo creo que se trata al fin y al cabo. La pareja tiene que compenetrarse y encontrarse mutuamente los puntos adecuados para pasarlo bien -dijo el amigo.
—Así es, ya lo hemos comentado anteriormente -apuntó la profesional.
—Ahora voy a contar yo... ¿Puedo verdad?  -interrogó el amigo.
—Sí, si ¿cómo no?  -dijo la profesional.
—Bien, yo no soy tan eufórico como tu hermano, pero si que guardo un buen recuerdo de una relación que me llegó (tal vez por eso guardo un buen recuerdo), en un momento que estaba muy necesitado. Hacía tiempo que no echaba un polvo como Díos manda, y aquella mujer en cierta forma me atraía. Nos conocíamos de hace tiempo, salíamos en el mismo grupo y aunque ninguno de los dos éramos dos niños, en esta ocasión nos comportamos como tales y quizás por eso la cosa salió tan bien desde mi punto de vista (desde el suyo tengo algunas dudas). Era en una fiesta fin de año, todo el mundo bailando, dando saltos, en un momento en que cambia el disco y que cada cual se empareja para bailar una pieza de las de antes, de baile agarrao, nos quedamos los dos sentados, en una escalón del local donde celebrábamos la entrada de año. Nos miramos, nos hicimos un gesto y a los veinte minutos estábamos los dos en mi apartamento comiéndonos la boca -dijo el amigo.
—¿Y algo más?  -cortó el hombre.
—¡Déjalo que siga!  -riñó la hermana.
—¡Si claro! Y algo más. Mucho más, nunca creí que se pudiese pasar tan bien con una mujer. Y es curioso que dos personas que se conocían desde hace tiempo, que nos hemos visto en tantas situaciones distintas, y que nunca nos habíamos cruzado dos palabras íntimas, nos encontrásemos en poco tiempo follando como si nos conociésemos de toda la vida -continuó el amigo.
—¡Claro! Si eso es lo que yo digo. ¿Para qué tanta historia? Tiene que ser algo más directo, menos embrollado -dijo el hombre.
—¡Que no hermanito! Que yo no me voy a la cama con cualquiera, ni aún en este caso se trata de un aquí te pillo aquí te mato. Ellos dos se conocían de hace tiempo, había algo en sus mentes que no se había llevado a efecto porque no se daban las circunstancias. Aquel momento de fin de año, con las copas y la fiesta fue el detonante ¿O no? -dijo la hermana.
—Pienso que sí, en este caso tienes razón. No es por llevar la contraria a tu hermano, aunque yo también sea un hombre. No era la primera vez que yo había pensado meterle mano a esa mujer y es posible que ella también lo hubiese pensado, lo que pasa es que hay que guardar las formas y a veces nos tomamos las ganas con el café (como dice la Torroja). Lo cierto es que aquella madrugada me encontré con el descubrimiento del clímax o como queramos llamarle -dijo el amigo-. Recordar la imagen de esa criatura a cuatro patas y yo de rodillas, detrás de ella, dejándome allí hasta la última gota de sudor mientras le sujetaba con mis manos esas fantásticas nalgas, es que se me pone la carne de gallina.
—Ya veo por donde van las cosas. Yo os tengo que contar ahora, y espero que todos me entendáis, cual fue mi momento culminante hasta ahora, porque siempre hay que mantener la puerta abierta a situaciones mejores, nunca se puede decir que no hay nada mejor. Se sabe mucho sobre el sexo, se ha estudiado desde tiempos inmemorables y cada cual se pone los límites que quiere o puede, pero yo nunca descarto la posibilidad de encontrarme en circunstancias nunca antes vividas. A lo que iba: hubo un momento en que un grupo de amigos decidimos indagar algo más sobre las relaciones sexuales y pusimos en práctica una experiencia que habría de servirnos para nuestro devenir profesional. Jugamos, por así decirlo, a hacer de putas y putones y tratar de meternos en la piel de quienes se ganan la vida de aquella forma -dijo la profesional.
—Experiencia peligrosa  -cortó la hermana.
—Bastante peligrosa, diría yo, pero lo teníamos muy claro, tanto es así que no contentos con esa primera prueba que practicamos entre nosotros, decidimos infiltrarnos en el mundo real de la prostitución...
—¡Ge! -exclamó el amigo.
—Aquello fue sopesado seriamente, sabiendo cada cual lo que nos iba en el empeño y por supuesto no existe ninguna grabación ni nada por el estilo que nos pudiese comprometer. Queríamos vivirlo, aunque fuera dentro de un ámbito de estudio. Si os lo cuento yo ahora, es porque mi vida la tengo más que resuelta, mis prejuicios sociales y sexuales más que superados y además los demás están en el anonimato, y jamás se me ocurriría dar la mínima pista al respecto.
—Lo entendemos  -dijo el hombre.
—Tampoco es que estuviésemos demasiado tiempo con el experimento, tan sólo el que cada cual consideró oportuno para no salir dañado ni correr el más mínimo riesgo. Nos autoevaluábamos para evitar caer en la trampa y pasado ese periodo, todos salimos y reiniciamos nuestra vida de forma normal. Como es lógico hablo por mí y os cuento todo esto para que podáis entender el marco y el momento en el cual yo me encontré más que a gusto. Como veréis no soy una mujer fácil a la hora de conseguir unas relaciones sexuales adecuadas. Si antes os hablé del morbo de los cuernos, ahora la historia es mucho más compleja y fijaros que yo no monté todo aquello para satisfacer mis instintos, se trataba de un experimento profesional, pero fue ahí, bajo ese prisma como me hallé con lo que nunca hubiese imaginado: con un polvo que nunca conseguí superar. Tal vez fuese porque pretendía saber tanto que me volqué; quise ponerme en situaciones de fría, indiferente, caliente, rompedora, ¡yo que sé! Lo cierto es que un buen día me llevé la sorpresa de mi vida y apareció por la habitación en la que me trabajaba el oficio, una persona con la que había estado saliendo y con la que nunca había conseguido tener un orgasmo. Pero tanto él como yo habíamos evolucionado tanto que aquello resultó grandioso. Como ya nos conocíamos quedaba al margen otras connotaciones y nos comportamos como si llevásemos viéndonos toda la vida. Me llamaron la atención los dos lunares de su pene a los que nunca había dedicado tanto tiempo y me resultó gracioso el comentario que hizo nada más comenzar a sobarme bajo la falda: Creo que es la primera vez que me recibes sin bragas. Sus manos querían abarcarlo todo y el contacto de sus labios despertó en mí una pasión inusitada. Con que ganas le mordí la boca y con que ansias recibía las acometidas que me lanzaba; perdí la noción del tiempo y hasta que no llamaron a la puerta, no regresé se ese submundo de placer en el que me había sumergido.
—No está mal -dijo el hombre.
—Está superior  -dijo la hermana.
—Creo que mejor será que vayamos pensando en otra cosa, porque a mi se me están acabando las pilas y de un momento a otro puedo empezar a decir tonterías -dijo el amigo.
—Si, podemos dar por finalizado este encuentro, esperando que a todos nos haya servido de algo exprimirnos un poco -contestó la profesional.

Por la ventana se veían las primeras luces del alba, llovía. Los dos hermanos y la profesional se despedían del amigo que había tenido la amabilidad de ejercer de anfitrión. Ahora apretaba con ganas el agua pero ya se encontraban los tres tan decididos a marcharse que no les importaba llegar empapados a sus casas.

lunes, 22 de agosto de 2016

Los que no pasaron el corte (7)



CUATRO GOTAS
El sargento Bueno regresaba a casa luego de una dura jornada de trabajo en el puesto de control, porque los días que caían una o dos gotas, ya se sabe, como no estamos acostumbrados al agua, enseguida se atascan los usillos, se desprenden ramas que no tendrían porque desprenderse y dejan de funcionar algunos semáforos en el momento más inoportuno. Un caos, como diría el cabo Benítez, que para eso de las definiciones se las pintaba como nadie. La señora del sargento Bueno oía el relato de su esposo con un ojo en sus explicaciones, para que no dijese que nunca le echaba cuenta, y otro en la perola del arroz, que como le diese por pegarse si que la teníamos ya formada, porque el sargento pasaba por cualquier cosa, menos por comer su plato favorito con olor a quemado o pasado de cochura. La verdad es que en la televisión se habían colado con tanto meter miedo con la velocidad del viento, y que no se cogiera la bicicleta a menos que fuese imprescindible, o incluso que la gente se quedase en sus casas. ¡Pero si estamos en el sur!, y aquí las cosas son siempre diferentes, los huracanes terminan convirtiéndose en ligera brisa, si es que alguna vez llegan por aquí. ¿Qué han conseguido? Colapsar los transportes públicos que ya no están preparados para tanta avalancha de gente, porque a trabajar habrá que ir —decía él—, que los niños no vayan al cole soluciona más bien poco, al contrario ponen más nerviosos a los padres que se encuentran en una situación de desamparo doméstico: a ver a quien le toca sacrificarse y quedarse en casa cuidando a los niños, en cuanto nos rompen la rutina diaria por una situación inesperada ya no damos pies con bola. Total que se sale a la calle y se multiplican los problemas de tráfico, porque ya nos parece que no vamos a llegar a ningún sitio. Además hoy tendrá también que acudir por la tarde al puesto de control, porque no se fía demasiado del personal de turno, y como no esté presente le pueden liar una que para qué queremos más. Corresponde comida ligera, siestecita rápida y pare usted de contar; lo del himeneo puede esperar a otro momento a pesar de que hoy tocaba, y luego la parienta se pone que se sube por las paredes, pero la obligación está por encima de todas las cosas que para eso lo juró él con la mano en la Constitución y el rabillo del ojo puesto en su Benita, que como ella habrá pocas en como aguanta y sobrelleva los inconvenientes del servicio. Uniforme nuevo, impermeable para los grandes aguaceros y muchas dosis de paciencia para que no se le nuble la vista a la hora de tomar decisiones. Por lo que a él concierne no quedará en mal lugar el sistema de movilidad de la ciudad que lo vio nacer, ni perdería ni un solo punto en el balance trimestral de funcionamiento de las grandes ciudades habitables y libres de humo (GCHLH). Delante del panel central del puesto de control, se convertía en un superhéroe que cada diez minutos sacaba de una situación desesperada a alguien, o dejaba expedita una vía que parpadeaba en rojo (señal de atasco), iluminando toda la estancia:
—¿Qué pasa con la V9, Fernández, que hace un rato que la estoy viendo con poco movimiento?
—Nada, mi sargento, que en la intersección con la V25 se ha producido un accidente que dificulta el tránsito.
—¿Nivel?
—4,67
—Pues meta bulla, Fernández, ya tenía que estar solucionado.
—A la orden mi sargento.

No hacía mucho la situación era bien distinta, el tráfico rodado se había apoderado de toda la ciudad y la gente se desplazaba en coches particulares como la cosa más normal del mundo. Se aparcaba en doble fila, encima de las aceras, en los pasos de cebra y cualquier sitio, sin respetar a los peatones, cada vez había más concesionarios de vehículos y marcas de coches nuevos, se batían récords de ventas como el que bate huevos para hacer una tortilla. La situación  era humanamente insostenible. Ni el centro de la ciudad se respetaba, ni el casco histórico, ni los cinturones exteriores podían con la carga de vehículos. Entonces si que era una situación caótica y en extremo peligrosa. Los llamamientos de la OMS (Organización mundial de la salud), caían en saco roto y los niveles de contaminación se superaban todos los días, siendo el tráfico rodado el principal culpable de esta forma de vida tan denigrante. Por fortuna, los términos se fueron invirtiendo, el asfalto fue dejando sitio a las zonas verdes, a las sendas peatonales y del carril bici de antaño, pasamos al carricoche —como es conocido popularmente el tramo de vía por el que circulan los vehículos públicos y los privados con autorización especial—. El resto del vial está destinado a la circulación de bicicletas, que disponen de modernos intercambiadores donde se puede dejar el vehículo de dos ruedas para tomar el tren y desplazarse a cualquier punto del área metropolitana. También se puede, dado el caso, llevar el vehículo en el tren, pero siempre hay quien prefiere dejarla porque en su punto de destino tiene enlaces fáciles, puede caminar o incluso dispone de algún servicio de alquiler con el que completar su recorrido. Las tiendas de coches tuvieron que reconvertirse y dedicarse a vender bicicletas y complementos para el usuario, ofrecer rutas turísticas por distintos puntos de la ciudad, y regalar bonos canjeables por viajes en tren hasta la sierra más próxima. Las motos con escape o sin escape pasaron a la historia, desaparecieron, hasta dejaron de promocionar las carreras de los domingos, los grandes campeones cayeron en desgracia cuando estalló el gran escándalo del timo televisivo. Los jóvenes perdieron la ilusión por emular a sus ídolos, y no veían mal desplazarse de un lado a otro pedaleando. Descubrieron que hasta se podía ligar moviéndose en bicicleta. Todos los establecimientos colocaron en sus puertas atractivos aparcamientos para que resultase más cómodo y seguro llegar, dejar el vehículo articulado ligero y entrar en la tienda. Aquello de ciudad saludable, se hizo realidad. Pero al sargento Bueno le había tocado la parte del melón menos dulce, por no decir la más amarga, de esta nueva civilización y tenía que dar la cara delante de sus muchachos, que pedían soluciones que a veces costaba trabajo conseguirlas. Pasarse tantas horas en la calle procurando que el tráfico funcionase como es debido, y nadie sacara los pies del plato, era poco menos que imposible en una ciudad de más de un millón de habitantes, que se dice pronto. Los más ágiles, resueltos y preparados cumplían esa ingrata tarea de poner orden allí donde fuese menester, y sobre la marcha y coordinados por su abnegado jefe resolvían todos los asuntos que tuvieran que ver con los inconvenientes del tránsito de personas y vehículos, pero hay gente que van por la vida saltándose cuanta norma se haya establecido y luego surgen los conflictos.
—Mi sargento, que aquí hay uno que ha colocado el coche en mitad de la calle y dice que no lo mueve porque no le da la gana.
—Pues muévalo usted, agente.
—Lo tiene bloqueado y como no venga la grúa.
—Agente ¿Cómo se llama usted?
—Severiano Pérez, mi sargento.
—¿Qué número de placa tiene?
—Veinticinco mil diecisiete, mi sargento.
—¡Ajá!. Ya lo tengo. Pues según su expediente, que estoy viendo en pantalla, hace tres ,meses le ocurrió un caso semejante en la Plaza de San Andrés y que yo sepa no tuvo usted que recurrir a ningún superior para resolverlo ¿Lo recuerda?
—¿En la Plaza San Andrés?.¡Ah!. Ahora recuerdo, tiene usted razón, mi sargento.
—Pues no me entretenga que está la tarde muy movidita, agente Pérez. ¡A su trabajo!
—A la orden, mi sargento.

El sargento Bueno se las pintaba como nadie para conseguir que todo fuese una balsa de aceite en el diario discurrir de la gente de la ciudad. Lejos quedaron aquellos tiempos en que se pasaba todo el día trazando esquemas y dibujos de todos los accidentes que ocurrían en la ciudad relacionados con el tráfico. Ahora la gente parecía como más civilizada, se movía de un lugar a otro caminando como si lo hubiesen hecho toda la vida, con pequeñas bolsas de compras, entrando y saliendo de los tranvías con toda la normalidad del mundo. Otros se trasladaban en bicicleta haciendo sonar su timbre de vez en cuando para evitar incidentes, y los menos se empeñaban en seguir utilizando el vehículo privado para ir a todas partes, en lugar de dejarlo en las zonas habilitadas para el intercambiador modal o en la puerta de su casa que es donde mejor estaría. Surgían conflictos derivados del estado nervioso, por no saber que hacer con el coche y entonces es cuando tenían que intervenir los agentes de la policía municipal y en casos extraordinarios hasta el mismo sargento. Pero peor estábamos antes —como le decía Benita a su esposo—, que daba miedo salir a la calle y encontrarte con una zanja y otra y una calle cortada por obras de acometidas y otra por construcción, en la que el camión hormigonera no deja pasar ni al carrito de la compra. Ahora por lo menos no están los coches y aunque siguen las zanjas, se puede andar por ahí sin necesidad de dar rodeos para llegar hasta donde quieres. El sargento Bueno en su casa era otro, y hacía  honor a su apellido ya que no se le escuchaba casi ni respirar; gran aficionado a la pintura y la música clásica, en cuanto tenía oportunidad, se enchufaba al pincel o al equipo de música para relajarse y encontrar ese punto de satisfacción que proporciona la vida hogareña. Pocas veces había tenido que abandonar sus aficiones o la tranquilidad de su casa para salir precipitado a su puesto de trabajo, porque salvo en contadas ocasiones —como ésta del huracán—, no hacía falta medidas excepcionales para que la ciudad fuese la de siempre, y además estaban sus superiores que ya le avisarían en caso de necesidad, que esto va por capas —como decía el cabo Benítez—, y entre más capas tiene la cebolla más gorda se pone la nómina. Al sargento no le gustaba que le hablase así, pero que iba a hacer, todos los días bregando con la misma persona, al final se le coge cariño y ya no se tienen en cuenta los galones, ni la jura, ni nada de esas tonterías que están muy bien de cara a los demás, pero que en la intimidad del cuarto de control, se olvidan y se trata uno como a cualquier otro compañero. Delante de los demás o ante la presencia de un superior había que guardar las formas, pero cuando estaban los dos solos o casi solos, era mejor tratarse con confianza para que todo rodase a pedir de boca y a él le había tocado en suerte ese cabo, y que le iba a hacer si en lo suyo era muy bueno, aunque luego tuviese esa boca incorregible. En alguna ocasión coincidieron los dos de patrulla por la calle, en aquellas brigadas verdes que se inventó la Jefatura que no sabía muy bien de que iban: les proporcionaron una bicicleta todoterreno con sus alforjas correspondientes y una porra colgando del sillín de fácil acceso, para casos de una pronta intervención , aunque realmente lo suyo era vigilar que todo estuviese en orden en lo referente al tráfico rodado, que no hubiese problemas con el carricoche y que el personal se fuese acostumbrando a que era mejor para todo el mundo, incluidos ellos mismos, dejar el vehículo privado para mejor ocasión. Mucha gente los paraba y les contaba historias de árboles que estaban en peligro de desprender alguna rama, otros que si fulanito estaba regando con agua potable el jardín de su casa y alguno que otro – que gente hay para todo -, que si ellos tenían algo que ver con los futbolistas de Heliópolis. Lo dicho, que en su propaganda oficial no quedaron las cosas claras. Pero Bueno y Benítez llegaron a convertirse con el paso del tiempo en una patrulla agradable para la ciudadanía que respetaba su trabajo, porque entendían que cumplían con su deber por el bien de la comunidad. Luego hubo otras e incluso más de una, porque había que dar ejemplo, según la Jefatura, y no estaba bien visto eso de utilizar el coche para todos los servicios y total para dos o tres gotas que caían al año no se iba a desaprovechar la ocasión de practicar con el ejemplo.
—Cari ¿No deberías coger el coche?
—Benita. ¿Cómo dices esas cosas? Tengo que ser el primero en llegar en bicicleta a la Jefatura. ¿Qué te crees, que esto es como antes que no se podía andar por las calles con tanto tráfico?
—No sé, me da siempre un vuelco el corazón cada vez que te veo salir, me parece muy frágil la bici, que te puedes caer, que te puedes resbalar, yo que sé.
—No te preocupes. Tengo dominio sobre el vehículo que es lo importante, y además la calle es nuestra, lo tenemos todo a nuestro favor para poder desplazarnos sin peligro añadido.
—No sé, pero a lo mejor me quedaría más tranquila si te fueses en el metro o en el autobús.
—¡Ya! Pero sucede que de esta manera mantengo mi forma; ten en cuenta que luego me llevo sentado el resto de la mañana y el gimnasio cada vez lo piso menos, además también consigo ahorrarme unos minutos que bien sabes, tanto me cuesta perder a primera hora de la mañana.
—En fin ¿Qué quieres que te diga, Cari? Me da miedo, a pesar de todo y de lo bien valorada que está la bici como medio de transporte; a lo mejor es que como yo no la uso me da la impresión de que te puedes ir al suelo de un momento a otro.
—Lo malo es no tener por donde moverse, pero en el siglo que vivimos ya hemos superado etapas anteriores y éste es el mejor sistema para moverse por la ciudad. Te lo digo yo que tengo ya mis añitos de experiencia como usuario y como vigilante del orden.

Benita sufría, pero en el fondo era consciente de que el riesgo era mínimo, porque era la forma habitual que tenía la gente de desplazarse y la calle se veía alegre y llena de paz y quitando algún que otro incidente, no se alteraba la vida de la ciudad por problemas derivados del transporte, lo que pasa es que una esposa es una esposa y siempre está pendiente de todos los detalles para que la vida en familia no se vea alterada. El cabo Benítez le decía a su inmediato superior, que lo que le pasaba a su mujer es que no tenía chiquillos que le estuviesen enredando todo el día y claro, estaba que se le iba la olla con lo que tenía en casa. Ella se desenvolvía a las mil maravillas por cualquier sitio, sin necesidad de utilizar el coche, las compras las hacía siempre cerca de casa y para cualquier otra cosa, tiraba del transporte público que para eso estaba, además como tenía descuento especial por aquello de estar casada con quien estaba casada pues mucho mejor, había que aprovechar las ofertas, que nunca se sabe si el día de mañana se convierte en hojalata. Tiene carnet, que se lo sacó nada más cumplir los dieciocho, pero la verdad es que luego no lo ha necesitado, porque incluso cuando estuvo trabajando en la fábrica, le venía bien el suburbano y también cuadró que podía volver con unos compañeros que la dejaban casi en la misma puerta de su casa. Una suerte, según se mire, porque luego vino la época de la transición de forma radical; ella dejó su trabajo para dedicarse a otras tareas en su casa y al final el carnet de conducir pasó como algo anecdótico por su vida. El aguacero se alejó y todo volvió a la normalidad. Al día siguiente la calles volvieron a llenarse de bicicletas como era lo habitual y los cuatro de siempre metiendo bulla por la lentitud del carricoche, el mal funcionamiento de los servicios públicos y el derroche que hacía el ayuntamiento en levantar las calles cuando no por un motivo por otro. La estampa de los niños entrando o saliendo de los colegios ponía la nota colorista y la mejor señal de que todo estaba bien. En Jefatura había pasado el momento crítico y se atendía al servicio de una manera más relajada, con el cabo Gutiérrez tan dicharachero como siempre y el Sargento Bueno pensando en su Benita y en que llegase pronto el viernes, que le tocaba librar el fin de semana y tenía pensado coger todos sus bártulos y desplazarse a la sierra próxima para hacer copias del natural aprovechando la frescura de los campos luego de tanto tiempo sin que cayera una gota de agua.

martes, 12 de julio de 2016

Los que no pasaron el corte (6)


 SE BUSCA HISTORIA

Camino sin saber por donde, porque en cada paso que doy, va impresa la huella de los desconocido, el afán por descubrir ese instante irrepetible, que me pueda reportar las ganas de seguir viviendo. Sé que ahí fuera está un mundo lleno de palpitaciones, que demanda mi presencia, que me llama sin cesar para que calme mis ansias de conocimiento. Siempre tuve unos pies ligeros y tan poca chicha, que tenía que hacerle agujeros adicionales a todos los cinturones que me compraba; en alguna ocasión me han apretado los pantalones, y costaba trabajo abrochar el botón de la cintura, pero ello era debido a que la talla no era la adecuada a tan difícil compostura corporal. Por eso, en más de una ocasión, cogía un trozo de cuerda de cáñamo y con dos buenos nudos, asunto solucionado. Mi corazón ha latido siempre por debajo de las pulsaciones propias de la gente de mi edad, por lo que ir el primero, a la hora de caminar, nunca ha supuesto ningún desgaste físico adicional. Me gusta la compañía y sin llegar a ser un gran hablador, nunca me faltaron temas con los que llevar una conversación entretenida. Así que con todos estos condimentos, que haya decidido coger el petate y lanzarme a la aventura de conocer el mundo, tampoco es como para asustar a nadie. Ya sabía yo antes de salir, que el mundo está tan descubierto, que en su día tuvieron que ponerse de acuerdo los americanos y los rusos para salir al exterior a ver que había por otra parte, pero a mí siempre me ha llamado la atención aquello de las carabelas y los expedicionarios por el continente africano y lo del yeti y esa gente que se mete a darle la vuelta al mundo ( de aquí en adelante m.) de la forma más insospechada: en barco y en solitario, en bicicleta, andando, en globo, en ultraligero y que sé yo de cuantas otras maneras de las que no tengo noticias. Porque eso sí, el planteamiento que yo me hice es que tenía que ser de la manera más ecológica y económica posible: coger una aeronave y darse una vuelta por el espacio no tiene mérito ninguno, y la única emoción posible del evento, es ver el tembleque que experimenta tu cuenta corriente, y por otra parte cualquier artilugio que necesita gasolina tampoco me atrae en absoluto, bastante contaminado tenemos el Planeta como para aumentar aún más su agonía por mi culpa. Como mucho y porque ya tengo cierta edad, el tren o el autobús en situaciones desesperadas son los únicos medios para alguna jornada que lo necesite, el resto a patitas que así es como se ha desplazado siempre el hombre.
-Un momento Julián! –dijo Ernesto-. Ibas de maravilla, pero en cuanto me he descuidado has dado un giro al asunto que no tiene nada que ver lo que estás diciendo ahora, con las primeras líneas que has escrito.
-Ah no! –se sorprendió Ernesto- ¿Desde donde crees tú que he cogido otra onda?
-Desde que nombras por primera vez al mundo. Hasta ese momento puede uno imaginarse que estás hablando de tu mundo interior y que lo que necesitas es salir de ti mismo para ver que pasa más allá de tus narices, pero luego das un giro sorprendente y se te ve el plumero de conquistador de ínsulas desconocidas.
-Está bien! Trataré de corregirme.

Ese m. no tiene porque estar al otro lado del globo terráqueo, ni se puede siempre pensar en el Japón o en la China, que son sitios que caen muy lejos, a veces es suficiente con salir al patio de la casa, al jardín más próximo o a la azotea del bloque para darnos cuenta de lo que nos rodea –vamos a decirlo con la boca llena-, que ya sabemos las desgracias que hay por esos m. de Dios. Un insecto, una flor, una estrella o una frase dicha en el momento oportuno, nos descubrirán lo importante que es dar ese paso de la dedicación a la vida contemplativa, dicho sea en el mejor sentido de la palabra. ¿Cómo puede uno imaginarse que un ser tan diminuto de apenas cuatro centímetros, es capaz de mimetizar su cuerpo para pasar totalmente desapercibido colgado de una rama? Uno en su trabajo de oficina puede ser de lo más formal del universo, pasar casi por un mueble, pero más tarde o más temprano alguien descubre tu presencia y termina por delatarte, pero ese bichito tan pequeñajo, y con esa forma idéntica a la rama en la que se pasa la vida. Esa escena, esa instantánea, se ve una vez o dos en la vida de una persona y nada más. Con las flores pasa tres cuartos de lo mismo: las vemos a bulto, nos parecen bonitas, olorosas, que encajan muy bien con el paisaje o que forman una pradera excepcional para jugar al fútbol, o sacar a pastar a las ovejas, pero ¿nos hemos detenido a contemplarlas? Esa simetría, ese aspecto atractivo para que los insectos vengan a libar justo ahí, donde ellas necesitan darle el abrazo del oso y que sus espermas sean esparcidos cada vez más lejos. De las estrellas ¿Qué decirles? Desde que mi padre me contara la aventura del caballo blanco, que galopaba por el camino de Santiago, quedé fascinado por ese manto de puntitos relucientes con fondo negro, que parecían acercarse cada vez más a mí. Tendido boca arriba en una cama de paja, sintiendo el relente de la noche juguetear con mi nariz, no parecía vencerme el sueño nunca. Desde entonces fue para mi un lujo pasar una noche a la intemperie, escuchando el canto de las ranas, el rumor de las olas o los trinos amorosos del ruiseñor. Y los huesos lo más cerca posible de la madre Tierra, con un aislante para evitar las humedades y poco más, no convienen llevar demasiadas cosas, que aunque parezca lo contrario termina pesando. Es mejor soportar algunas incomodidades, pero la bici no conviene sobrecargarla, porque por muy engrasada que esté y muy bien compensada proporcionalmente, al final hay que moverla y esto tiene que ser a base de riñones. Y los riñones a ciertas edades es mejor tomarlos al jerez que ponerlos a prueba por una sobrecarga.
-Julián, de nuevo estás desvariando! Lo de los riñones puede resultar ingenioso, pero olvídate de los petates y zarandajas similares y céntrate en ti mismo, en tu persona en pelota picada, si quieres que te lo diga más claro.
-Ojú Ernesto, me estás poniendo difícil la forma de explicarme! Hombre, déjame que tire por el camino más corto para que me salgan las palabras, sino me parece a mí que no vamos a ningún lado.
-Julián te recuerdo que estás en una consulta y tu has venido aquí –aparte de ser mi amigo-, a que yo pueda reconducir tu vida, que según tú, no sabe por donde anda.
-Si, es cierto, pero hombre ya que tenemos amistad, mira bien a ver si me haces un favor, y procura sacar lo que puedas en claro, de forma que yo no tenga que quebrar los cascos demasiado, porque si no me parece que no llegamos a ningún lado, porque cuando me da el tic, se me agarrota la mano y cuesta trabajo abrírmela ¡eh! Te lo advierto por lo que pueda pasar.
-!Anda, anda! Déjate de tonterías y vuelve a concentrarte en ti mismo, siéntate, relájate y escucha esa musiquilla que sale por los altavoces.
-Ernesto, yo de esto entiendo poco, pero me parece que Rosendo no sea quizás lo más adecuado para una buena relajación.
-¡Y que quieres que te ponga! ¿Á opá?...
-Hombre, a lo mejor por ahí íbamos mejor. Como estamos en verano.
-Anda, anda, te lo pongo flojito y relájate. Sigamos.
-Sigamos.

Yo sé que tengo que caminar, que no debo arrugarme ante las contrariedades que la vida nos proporciona, porque en eso consistir vivir: ser más fuerte que ese monstruo que trata de derribarnos, de hacer que caigamos en el atajo, de olvidar nuestro verdadero rumbo. No sabemos lo que buscamos y tal vez nunca tengamos claro cual es la mejor decisión, pero si que puede ser cierto que la mejor es aquella que tomamos en un momento dado. Si nos va mal ¿Nos hemos equivocado? ¿Quién nos asegura que no nos hubiese ido peor en otras circunstancias? A veces miro a mi alrededor y encuentro gente que en apariencia lo tienen aún más difícil que yo; no me sirve de mucho, porque ellos no me pueden sacar de mi m., pero tan sólo pensar que yo podría estar haciendo algo por mejorar su situación, ya me sirve de consuelo, y me animo en buscar esa senda que haga que me encuentre mejor. A lo mejor resulta que en mi afán por coger el petate y lanzarme a conocer el m., sin rumbo conocido, no es más que una huida, una válvula de escape para no afrontar los problemas que me aquejan, o tal vez sea una mezcla de las dos cosas, porque no puedo negar que me atrae, como ser humano que soy, el conocimiento de otras culturas, y otras formas de vida distintas a las que estoy viendo cada día, y que me gustaría hacerlo sin prisas, mezclándome con la gente, tratando de pasar desapercibido y empapándome de todos sus pensamientos. Es tan apasionante descubrir como somos y como nos llevamos con el resto de las criaturas del Universo.
-Muy bien Julián, ahora si vamos por el buen camino.

Y estas cosas que me sale de las entrañas, no dejan de sorprenderme a mí mismo, porque en el fondo he sido toda mi puñetera vida un cagón, que hasta hace bien poco miraba debajo de la cama antes de acostarse, y que durante muchos años he visto fantasmas donde sólo hay sombras. Y para que los intrincados vericuetos de la mente estén más justificados, resulta que en dejando de estar solo, o sea, si estaba acompañado aunque fuera de un niño, nada de eso me ocurría y no digamos ya si el acompañamiento era más numeroso, entonces yo era Periquillo el primero a la hora de ponerme a la cabeza de aquello que hubiese que descubrir. El interior de uno mismo debe ser algo así como la proyección de todo aquello que nos ha ido ocurriendo con el paso del tiempo aquello, comencé interesándome por las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín y todavía se me abren los poros cada vez que tropiezo con alguna novela donde la aventura está presente. Algo insólito, según me parece a mí.
-Muy bien Julián, creo que ya me has escrito suficientes cosas por hoy. No debes exprimirte más, porque a veces hay que darse un respiro para...
-¡Ni hablar! Ahora estoy en mi salsa y tienes que escucharme hasta que me quede sin tinta, después de la bulla que me has formado porque no lo estaba haciendo bien.
-Julián, si está muy bien como lo estás haciendo. Observo que por fin fluye adecuadamente el verbo, y además estoy grabándolo todo para que puedas escucharlo cuando tengas una recaída.
-Ni hablar. Yo sigo, que para eso te voy a pagar la consulta. Me dejaste bien claro que tenía que pagar, porque si no esto parecería que no era cosa seria. Así que ahora, escucha.
-De acuerdo Julián, pero hay un límite, porque ya digo que no es bueno llevar a cabo un vaciado total en una única sesión.
-¿Qué me quieres cobrar más todavía? Ni hablar. Yo he venido aquí a vaciarme y me vacío.
-¿Pero y los clientes que están...
-¡Que esperen!
-Está bien, siéntate y relájate, ya me buscaré alguna excusa. ¿Quieres algo para beber?
-Agua.
-Muy bien, llamaré a Felisa para que te traiga agua. Yo me pediré un cafetito. ¿Te importa?
-No. Tómate lo que quieras, joé, que para eso estás en tu casa. ¿Seguimos?
-Seguimos.

Lo cierto es que ya pocas cosas me quedan por decir. Tiene que ser esto, de sentarse de forma relajada y empezar a escribir cosas, porque yo noto la mejoría, me siento como otro muy distinto a la persona que entró por esa puerta con pasos inseguros. Es bueno largar, no cabe duda, aunque tengo sospechas sobre si esto es adecuado para cualquier persona, porque creo que más de una es mejor que se quede calladita y distraiga su mente con cualquier cosa, porque la vida se va pasando y cuando te das cuenta se te ha ido lo mejor del querer, siempre que el asunto no sea de extrema gravedad. En fin, que me siento bien, que me parece que ya he dicho todo lo que tenía que decir. Ahora que lo interpreten los técnicos. Yo a vivir.
-¡Ernesto!
-Sí, Julián.
-Que ya he terminado.
-¡Ah que bien! ¿Cuándo vendrás por aquí otro día?
-Pues no sé, depende de lo que me pidas por interpretarme.
-Por eso no te preocupes, tu sabes que entre nosotros no va a haber problemas. Si te parece me puedes traer un puñadito de sal como la última vez.
-No te quejes, que así es como se pagaba en otros tiempos.
-Ya, lo que pasa es que mi médico de cabecera, me ha recomendado una dieta hiposódica y con los tres pepinos que le tuve que aceptar el otro día a otro cliente –y además no me gusta el gazpacho-, lo tengo difícil como esto siga así.
-Lo siento mucho, eso te pasa por dártelas de enterado. Si en lugar de montar una consulta, te hubieras dedicado como yo a hacer de paciente pobre, otro gallo te cantaría. Y date con un canto en los dientes, hay quien me paga las prácticas ¡eh! No creas.
-Bueno, si no te quieres molestar en pasar, ya te mandaré las copias, no te preocupes.
-Vale.
-De acuerdo Julián, vete tranquilo que yo seguiré intentando encontrar esa criatura –que tiene que estar por algún lado-, que sea capaz de escribirme la historia de mi vida, no la que tengo, que no me gusta, sino la que podría tener y sé que está en el fondo de alguno de vosotros. A partir de ahí la seguiré escribiendo yo mismo.


viernes, 24 de junio de 2016

Collage de verano

      
   Así comienza este relato, que hace el número siete, del libro Una parada obligatoria
Mientras que en la tele una partida de flamencos emprende el vuelo desde el Algarve hasta la orilla del Guadalquivir, yo trato de averiguar qué fue de aquel amigo que un día pretendió enseñarme portugués y no consiguió ni siquiera hacerme ir a Lisboa, donde con el paso del tiempo terminó convirtiéndose en un eminente cirujano. Sabía que tenía su dirección en algún cajón perdido de mi cuarto, pero cuando llegó el momento de hacer uso de ella, porque otros amigos pasarían por allí y pretendía enviarle un obsequio que le haría mucha ilusión, no hubo forma de encontrarla. Me sonaba, no sé de qué, Ferro Velho, pero eso era poco menos que buscar por buscar. Mis amigos me enviaron una postal que me daba envidia de no ser yo el que se encontraba ante las puertas del Palacio de Belem y, me decían que tendrían que volver con mi encargo porque, con esos datos, se lo había puesto muy difícil por no decir imposible. Añadían que planeaban pasarse unos días en las casas transmontanas, como para ponerme los dientes aún más largos, sabiendo lo que me gustan a mí esas estancias.
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viernes, 3 de junio de 2016

Los que no pasaron el corte (5)


                                                                ALICIA PEÑA
Cada día a las ocho se abre la puerta de entrada y la oficina huele a cerrado, y es que la fueron a hacer precisamente en un pasillo abandonado, en la planta sótano. La dependencia del neón se hace inexcusable, si se quiere leer los papeles correspondientes a la jornada, o acertar con los números del teléfono situado encima de la mesa. Parece mentira, pero el espacio está tan bien aprovechado, que hace posible que convivan tres personas sin que lleguen nunca a tropezar una con otra.
Aunque para empezar a situarnos debemos decir, convivían, porque desde un veinte de julio la situación cambió tanto, que la oficina entró a formar parte de lo que por aquel edificio se conoce como “dominios de la monja”, de la cual todo el mundo hablaba y nadie la había visto. Los más viejos el lugar cuentan que en otros tiempos el solar estuvo ocupado por una congregación religiosa, que  tuvieron que abandonar ese espacio, donde en la actualidad se levanta un moderno edificio inteligente, aunque se ve que no lo suficiente como para poder detectar las andanzas de esta singular hermana. Como digo convivían tres personas, pero luego de aquel veinte de julio, comenzaron a suceder hechos extraños que llamaron la atención de esta minúscula oficina. Uno de los componentes del trío, dejó de ocupar su mesa habitual; no se sabe si por traslado, porque sufrió algún tipo de accidente o se jubiló de forma anticipada. Sus dos compañeros comenzaron a echar algo en falta, notaban que no asistía al trabajo y dejaron de percibir el olor a tabaco, que delataba bien a las claras que no entraba en la oficina. El jefe pasaba de vez en cuando por la puerta, se asomaba, veía los ordenadores encendidos y sin decir ni media palabra continuaba su camino. La monja, fiel a su destino, comenzó pronto a dejarse sentir por las cuatro paredes de aquel rincón: no se sabe como, pero la mesa que un día fuera abandonada presentaba siempre el mismo aspecto, en ella no aparecían telarañas ni más motas de polvo que las habituales, ni incrementó el número de manchas, ni se notaba nada especial salvo pequeños detalles como el del ordenador, el sonido del teléfono, que aunque nadie lo cogía, sonaba cada día y hasta había veces que se parecía escuchar el clic de haber colgado. Pero ¿quién se iba a fijar en esos detalles? Habían oído hablar  de otra aparición de la monja por la planta quinta de aquel edificio,  que un poco más y acaba con la vida del pobre vigilante que acudió a ver que sucedía con la máquina de los refrescos, pues la monja estaba cogiendo provisiones para toda la congregación; se ve que se le rompió alguna lata, manchó el pasillo y cuando el pobre hombre llegó de prisa y corriendo, porque esta vez si que la pescaba con las manos en la masa, ¡zas!, dio con sus huesos en las duras losas del suelo, llevándose un porrazo en la cabeza como para acordarse de la congregación entera incluida la madre superiora. Sus compañeros en los monitores centrales del edificio, no daban crédito a lo que éste les contó cuando se recuperó porque lo que es verla, verla, no la habían visto.
Hasta aquel veinte de julio había ligeras noticias de las andanzas de la monja, pero muy de tarde en tarde y repartidas por todo el edificio, fue a partir de esa fecha cuando se multiplicó su actividad. En la oficinita del dúo se estropeó un ordenador y había que seguir pasando los datos día a día para que el mundo continuase girando, por lo que se hacía necesario utilizar la mesa que un día ocupase el tercer componente del trío. El asunto parece simple, pero lo cierto es que cuando alguien se disponía a cumplimentar esa función, les resultaba materialmente imposible sentarse en la silla que ocupaba esa mesa; daban vueltas alrededor de ella, lo intentaban de forma delicada, brusca, de improviso, a la de tres y... no había narices de permanecer sentado; terminaban en el suelo. Pensaron en llamar al servicio de mantenimiento pero ¿para qué? Si no venían a limpiar el polvo, iban a venir para un asunto así, además ¿cómo lo explicarían? Otra solución lógica era quitar esa silla y poner una de las suyas, que si se dejaban montar, pero ni tirando los dos al mismo tiempo conseguían mover el maldito asiento que parecía fundido a las losetas del suelo. Un día, uno de los dos compañeros decidió saltarse la media hora de desayuno, y como estaba sólo y por tanto no haría el ridículo se fue con toda decisión a la mesa, cogió la silla y salió despedida por los aires como si fuera un trasto cualquiera.  A continuación la recogió, se sentó en ella y se puso a trabajar en el ordenador como si tal cosa. Completó su tarea, y comenzó a curiosear por otros programas y al llegar al que correspondía a la persona ausente, se llevó la sorpresa del día cuando comprobó que no se hallaba detenido su trabajo en el veinte de julio, estaba actualizado como si esa persona no hubiese faltado ni un solo día. Aquello era demasiado gordo para andar pregonándolo, por lo que decidió guardar silencio, aunque desde ese momento la figura de la monja quedó grabada en su cabeza.
Pero los hechos en el resto del edificio confirmaban cada vez más a las claras, que la hermana estaba dispuesta a mantener en vilo a todo el mundo. El episodio de la máquina de los refrescos  quedó en pañales ante un nuevo hecho acaecido en esta ocasión en la planta segunda, donde se encontraban dos pintores cumpliendo con su trabajo sobre media mañana: uno de ellos se asoma de repente tras de una mesa que habían puesto en el pasillo y le dice al otro que estaba en un andamio:
— ¿Has visto lo que hay aquí?
El del andamio suelta la brocha en el cubo y se gira; de repente ve a su compañero como si estuviese descendiendo por una escalera. Por poco se le salen los ojos de las orbitas cuando finalmente ve desaparecer su cabeza detrás de la mesa. Cuando se asomó con todo cuidado a la parte de atrás de la mesa y descubrió a su compañero agazapado como un conejo, la emprendió a gorrazos con él mientras el otro era un estallido de risa en estado puro. Aquella escena había sido seguida desde el primer momento por los encargados de turno de la sala de monitores, y la bulla que formaron al ver el desenlace final, fue una clara muestra de lo bien que se lo pasaron ante aquella pequeña obra cómica. Lo cierto es que no duró demasiado el jolgorio, puesto que al estar todos pendientes de ese pasillo pudieron comprobar también como, de espaldas a los pintores, un plástico de considerables dimensiones destinado a tapar los muebles, estaba moviéndose hacia arriba desde el suelo donde se encontraba, y cada vez presentaba signos más evidentes de ir tomando forma humana. Ninguno de los dos pintores se dio cuenta de este movimiento por lo que los vigilantes se pusieron manos a la obra, y se dirigieron hacia esa segunda planta a toda velocidad, porque aquello tenía toda la pinta de ser otra actuación de la monja. Los monitores quedaron inoperantes porque el plástico había cubierto las cámaras de vigilancia, así que los dos servidores del orden corrieron todo lo imaginable, sin saber qué se iban a encontrar, pero preparados mentalmente para afrontar cualquier situación; porra en mano irrumpieron en el pasillo desde el ascensor y al llegar a la altura de los pintores, se encontraron a éstos sentados en la base del andamio con los pelos alborotados y la mirada perdida, manchados de pintura por todas partes y sin responder a las llamadas de atención que les estaban haciendo.
Así pasaban los días, la monja cada vez gozaba de más poder dentro del sagaz edificio y aunque sus actuaciones no causaban daños físicos, si que comenzaba a preocupar dentro de la cúpula dirigente de la empresa, el estado psíquico de los empleados, por lo que decidieron poner el caso en manos de una persona responsable, cauta, inteligente y con bastantes años de servicio —según aconsejaban los informes técnicos pertinentes—. Descartaron en todo momento contratar a nada ni nadie procedente del exterior, porque querían máxima discreción y que este extraño fenómeno se resolviese internamente sin intrusismos ni estridencias, por el buen nombre de aquello a lo que representaban. El departamento de personal, junto al de recursos humanos y a los sindicatos se pusieron en marcha; se procesaron todos los datos hasta el más mínimo detalle y el resultado final fue la aparición en pantalla de un rostro con nombre y dos apellidos: Alicia Peña Espejo, de la que nadie en la cúpula tenía la menor referencia.
Era necesario ir descendiendo peldaño a peldaño en la escala del poder, para llegar hasta alguna persona que de una manera u otra conociese ese rostro o lo hubiese visto por algún rincón del edificio, porque su ocupación actual no estaba clara y el lugar en el cual desarrollaba su trabajo tampoco aparecía por ningún lado. ¿Cómo era posible semejante descontrol? Se cruzaron las acusaciones, se crisparon los ánimos y todo parecía que iba a quedar en otra actuación impecable de la monja, cuando la foto del personaje en cuestión fue a aparecer en el pecè. El jefe al ver la foto de su subalterna con un letrero de “se busca” al lado, se temió lo peor, aunque fue tranquilizándose cuando leyó que no se trataba de nada grave. Se puso en contacto con sus superiores  y sin darle demasiadas explicaciones le pidieron que la buscase y la hiciera llegar al despacho del director general. El jefe de Alicia se personó en la oficinita y al preguntar por ella al dúo, estos se encogieron de hombros, porque ambos tenían muy claro que aunque no estaba, si que estaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella situación? Hubo un veinte de julio con una tremenda bronca entre ella y uno de sus compañeros, estando el jefe por testigo, pero aquello pasó, cada cual se ocupó de lo suyo y nadie hasta ahora había dicho nada. El jefe de Alicia comenzó a hilar fino. ¿En realidad cuánto hacía que no la veía? La conexión a la red hacia posible trabajar sin necesidad de presencia física y él  lo único que controlaba es que estaba al día la parcela de trabajo asignada a su subalterna. ¿Qué le diría ahora a sus superiores, después de pasado tanto tiempo? Por fortuna para sus intereses y los de su familia, cuando fue a contar aquella extraña historia que no sabía por donde cogerla, se encontró que sus inmediatos superiores desconocían e ignoraban de todas, todas, la existencia de esa minúscula oficina perdida en el último pasillo de la planta sótano. No aparecía en ningún plano, no constaba en ninguna estadística, se desconocía a que se dedicaban las personas que en ella trabajaban y lo que es peor, Alicia Peña había sido elegida como la persona ideal para resolver una situación de extrema dificultad —según un complicado proceso informático—, pero ni su propio jefe podía dar fe de su existencia. Conforme el tocho de papeles fue ascendiendo peldaños, comenzaron a temblar las butacas, el miedo se adueñó de la estructura jerárquica y cada despacho por el que pasaban los papeles, tenía más cosas que callar que ganas de esclarecer los hechos, por eso Alicia Peña  se quedó de una pieza cuando llegó al despacho del director general, fue agasajada con todos los honores y luego de ensalzarla cada uno de los presentes por méritos que ella misma ignoraba, terminó quedándose a solas con el máximo representante del poder, que le leyó en vivo y en directo su nombramiento como subdirectora general, o lo que es lo mismo: número dos, en femenino singular, de aquella monumental empresa dueña entre otras cosas del más moderno edificio inteligente que se había construido en la ciudad. De la monja para que le iban a contar nada, ¡que se divierta! Ya se le ocurriría a tan privilegiada mente la solución para que los empleados se despreocupasen o a lo mejor terminaban todos aceptándola como compañera y participando de sus juegos y ocurrencias.
La oficinita quedó como estaba, con las tres mesas en activo y el dúo entregado de lleno a su cotidiana tarea, con el jefe asomándose a la puerta de vez en cuando, tan sólo faltaba una foto de la mesa de Alicia que ahora figuraba en un lugar de privilegio del edificio, en un despacho de ensueño: se trataba de su hermana Flora, que posaba junto a ella el día en que tomaba los hábitos como sierva de Dios.

martes, 17 de mayo de 2016

Los que no pasaron el corte (4)

                                                                  EL TELEFONO

En aquella casa no habían vuelto a pasar una noche, desde que lo hicieron con motivo de la misa por la muerte de su padre. Habían pasado varios meses y cada cuarto desprendía una olor a salitre, que denotaba la ausencia de persona alguna entre sus cuatro paredes. Aquella noche mientras ambos dormían, él se despertó sobresaltado porque estaba sonando el teléfono, pero... no podía ser, lo había dado de baja al es siguiente del fallecimiento de su padre, y además estaba seguro de que ni siquiera lo tenía conectado a la roseta de la pared. Al incorporar medio cuerpo sobre las cálidas sábanas de terciopelo, se dio cuenta que no se oía nada, tan sólo el  débil crujido de los muebles, aguantando el trabajo de las termitas. Ella roncaba plácidamente, ajena a las peripecias de su marido, lo más seguro que transportada a una isla paradisíaca de sol, palmeras y arenas blancas. Volvió a dormirse, pensando que aquello había sido un sueño y no tenía la menor importancia.
Al día siguiente en el trapicheo de cacharros y reconocimiento de muebles, que podían ser útiles o no, él tropezó sin darse cuenta con un antiguo reloj – despertador de pantalla cuadrada y dos hermosas campanas coronando su triste figura. Lo tomó entre sus manos y al tocar con los dedos el mecanismo de la cuerda – sito en la parte posterior -, se agitó de repente el martillo metálico, diestramente colocado entre las dos campanas, y se dio un tremendo susto que le hizo soltar el reloj, como si se hubiese llevado un calambrazo; el reloj cayó al suelo y allí estuvo sonando un rato, hasta que se agachó a recogerlo para depositarlo en lo alto de la cómoda, de donde lo había cogido. Dejó de sonar casi al instante, el tiempo suficiente como para que por la mente de él apareciese la razón de su brusco despertar nocturno. Lo volvió a coger – ahora ya con toda seguridad – y clavó sus ojos en la manecilla pequeña, que señalaba la hora en las que el despertador debía ponerse en marcha: las cuatro y media. ¡Claro!
Eso dejaba las cosas en su sitio, esto es lo que había sonado la noche anterior y él lo había confundido con el teléfono; probablemente su mujer – que es una maniática para esto de los relojes – le había dado cuerda sin darse cuenta que estaba conectado el dispositivo que hacía funcionar el despertador. Se olvidó del asunto y continuó la inspección del resto de la casa. La siguiente noche volvió a ser un calco de la primera, con lo cual ya no pudo aguantar más y sin saber muy bien que estaba haciendo, se calzó las zapatillas, se puso un batín para no coger frío y con la linterna en la mano se dirigió al cuarto contiguo: el tic-tac del reloj delataba que estaba funcionando, pero el dispositivo encendido – apagado del despertador, estaba en apagado. Se fue al salón y con cierto temor en sus extremidades inferiores, se dirigió hacia el rincón donde reposaba el teléfono; encendió la lamparita de la mesa y comprobó que el cable no estaba conectado a la roseta de la pared, tomó el teléfono en sus manos y con un gesto agilipollado descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja. Nada, no se escuchaba absolutamente nada, ni tono, ni señal, ni cruce de líneas, ni nada por el estilo; eso sí, podía oírse perfectamente el ímprobo trabajo de las termitas en una de las sillas, a la que ya tenían horadada, como si aquello fuese un queso gruyere en forma de asiento. Se fue al servicio, evacuó líquidos y sin terminar de creérselo, volvió a la habitación, a la paz de los ronquidos, con la yema de los dedos tocó a su esposa para comprobar que era de carne y hueso, y acomodándose a la forma de su cuerpo, terminó por dormirse. A la mañana siguiente, ella se había levantado temprano y lo había dejado solo, porque tenía que ir de visitas, y en esos menesteres prefería valerse por si mismo, porque sino aquello no se acababa nunca, la familia era extensa y él nunca tenía valor suficiente para decir “nos vamos”, así que se hacían interminables las visitas.
Lo mejor era ir sola y cubrir el expediente de la forma más decente posible, siempre habría una excusa para justificar su ausencia. Así que cuando él se levantó, se preparó el desayuno y en el momento de hincarle el diente a la media tostada de pan de pueblo con aceite y jamón, sonó el teléfono. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Ahora si que no había justificación posible; ni era de noche, ni estaba dormido, ni había posibilidad de otro timbre, porque en la casa no había más artilugios que se prestasen a la confusión. Dejó el desayuno para otro momento y en dos zancadas se presentó en el salón, y descolgó el teléfono con toda la energía del mundo: “¡Diga!”. Vociferó en el auricular. Al momento se la doblaron las piernas y resbalándose por la pared llegó con el culo al suelo encogido como un ovillo. El auricular quedó colgando en el aire, describiendo un ligero balanceo de la pared a la mesita girando al mismo tiempo derecha izquierda, izquierda derecha, cada vez de forma más débil. Él se fue recuperando poco a poco del tremendo susto, y aunque se había meado encima, no le molestaba la humedad; tembloroso volvió a coger el aparato y echándole valor al asunto se lo colocó en el oído. No había duda, al otro lado del hilo telefónico se escuchaba una voz, una voz melosa y agradable que él conocía muy bien: era la voz de su padre. Comenzaron a charlar: el abuelo como no podía ser de otra manera, enseguida se interesó por sus nietos, por su edad – las cuentas no les salían ya muy bien -, si estudiaban o trabajaban, si tenían novia o novio. Él tuvo que entrar al trapo de la conversación, a pesar de que un desagradable olor a pan tostado se había instalado en el comedor.
El menor de sus hijos, más grande que un día sin pan, estaba atravesando una etapa donde sólo le interesaba la playstation y el grosor de los bocadillos que engullía, estudiar o trabajar eran verbos de difícil conjugación, y claro el abuelo no llegaba a entender de qué le estaba hablando su hijo, en su casa fueron siete hermanos que no pisaron la escuela, y que desde el primero hasta el último se habían pasado toda su vida dándole al callo, “tu mismo, conseguiste ir al colegio porque surgió aquella beca que te pagaba hasta la comida”, le decía a su hijo. Éste – algo más sereno, pero meado todavía – le rebatía que también porque tuvo mucha fuerza de voluntad y dejó muchas tardes y muchas noches los codos clavados en la mesa de estudio, que si no, mira su hermano mayor, nunca llegó a terminar nada. “Tu hermano porque no servía para eso de los libros, pero mira como supo buscarse la vida y lo bien que se colocó, porque ¿seguirá colocado, no?”, “Si, si papá, sigue colocado”. Él miraba de vez en cuando a los cuatro rincones del salón comedor, buscando alguna cámara oculta o algún cable que delatase la presencia de cualquier elemento artificial, que aclarase esa absurda situación; tampoco se atrevía a colgar el teléfono, porque la conversación era muy interesante, y además podía mosquearse el viejo, que nunca llevó bien eso de que lo dejasen con la palabra en los labios. “En casa de tu abuelo, no faltaba un bollo que llevarse a la boca, ni unas sandalias que ponerse; eso sí, desde el primero hasta el último arrimaba el hombro”. “Y cuando usted andaba entre nosotros tampoco, lo que ocurre es que hemos ido tan deprisa, y nos hemos ocupado tanto del bienestar de nuestros hijos, que no hemos tenido tiempo de pararnos a pensar ni en que es eso del bienestar”. “Explícate, que ya no me funciona bien el oído derecho”. Él se explicó, y conforme lo iba haciendo se daba cuenta de que sus hijos tampoco estaban ya con él, aunque seguían en su casa, los tenía a su lado y nos los veía, apenas sabía muy bien a que se dedicaban porque charlar, charlar lo que se dice charlar, no charlaban.
En la casa siempre había algún instrumento haciendo ruido, de modo y manera que nunca era el momento adecuado para intercambiar más de tres frases seguidas. “Demasiadas comodidades me parecen a mí esas” – escuchaba en un tono de regañina -. “Nos hemos pasado unos cuantos pueblos en el intento de hacerles la vida feliz”. Él se daba cuenta de que la mayoría de los jóvenes lo tienen todo por delante, no necesitan esforzarse para tener un ideal en la vida, así que salvo honrosas excepciones se habían acomodado y ¡a vivir que son dos días!. Las orejas las tenía calentitas y rojas como la cresta de un gallo, así que carraspeó varias veces seguidas, a ver si la charla terminaba ya, porque allí y en esa postura tenía difícil solución el asunto generacional, porque además él en el fondo pensaba, que en todas las épocas se ha producido choques entre padres e hijos, es cosa de la edad y el que no se había rebelado de una forma lo había hecho de otra, y a la generación de ahora, la rebeldía le había dado por hacer de okupas de las casas de sus progenitores, que para algo se la habían puesto tan bonitas y con tantas comodidades. Unos golpes en la puerta le hicieron incorporarse del suelo y colgar el teléfono automáticamente. Su mujer había terminado la ronda familiar y volvía a la casa. Como un rayo se fue a la ducha, abrió el grifo y se echó por encima una toalla de baño, luego se dirigió a la puerta de entrada y trató de explicarle que lo había hecho salir del cuarto de baño por no llevarse la llave de la puerta y que con el frío que hacía, que vaya tela y todo lo demás. Ella no le prestó demasiada importancia, aunque lo de la tostada y el café le pareció un poco raro, pero entre la faena que aún quedaba por hacer y la copita de anís que se había tenido que mete entre pecho y espalda, porque la tía-abuela era lo más pesado del mundo, fue incapaz de coordinar o ponerse a averiguar que estaba pasando allí.
Cuando llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía.
El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse.
Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.